Dinero y prevención contra los incendios sin trabas al campo

 

 

Miguel del Río | 17.08.2026


 

 

 

 

Las dos noticias habituales del verano español son turistas y los incendios. Viajar deja buenas sensaciones, pero los fuegos solo desastre, en especial para el mundo rural y sus habitantes. Un año más se pone de manifestó que no estamos suficientemente preparados. Queda mucho por hacer en materia de prevención, escuchando antes de nada al campo. Hoy no se hace. La burocracia se niega desde el Gobierno, cuando la pretensión es ayudar en la limpieza todo el año de sus pueblos. Así que trabas hay. Los desastres lo demuestran y también lo recalcan los mayores expertos en fuegos, que piden un regreso a viejas tradiciones conservacionistas.

 

Nuestro país tiene la mala costumbre de no escuchar y actuar según el criterio de lo que digan los expertos, quienes más saben y están preparados, respecto al ámbito del que se trate. En estos tiempos tan insolidarios, de tan mala educación y urbanidad, impera que todo el mundo sabe de todo, y así nos va. Un ejemplo lo tenemos en los incendios, de mayor gravedad y pérdidas irrecuperables cada nuevo verano. No parece quea estas alturas desde el Gobierno se haya tomado nota del conocimiento que acumula el mundo rural, precisamente el más abrasado en todos los sentidos, sobre el cómo y el porqué de tantos fuegos, que no dejan de ir a mayores.

Si antes no se atendía este saber de los lugareños, ahora con las temperaturas extremas que padecemos, sería más que recomendable rectificar una apariencia de soberbia, y de dar la espalda a las recomendaciones de quienes viven desde siempre en las zonas que arden. En vez de aumentar medios y prevención, se opta por nuevos relatos para explicar estos desastres. Ahora lo llaman incendios de sexta generación. Porque son extremos, poco predecibles e imposibles de apagar. Así se justifica la impotencia oficial.

En cambio, los habitantes de campo hacen otra lectura. A su mejor entender, que lo es, hay una serie de cuestiones que requieren de mayor prevención, ya que en la lucha contra los incendios no todo es inversión estatal o autonómica, que por supuesto no hay que desmerecer.  Los datos hablan por sí solos de lo que se destina a equipos humanos y materiales y a la prevención. El presupuesto del conjunto del Estado asciende a 1.800 millones de euros. Pero aquí llega el gran desequilibrio: el 78 % de ese dinero se destina a labores de extinción y el 22 % a prevención. El dinero contra incendios tampoco es como para poner una alta nota respecto a lo que se hace y previene. Invertimos el 0,4% del presupuesto público, cuando lo hay que no es el caso, en protección contra incendios. Estamos por debajo de la media europea (0,5%). Grecia si parece haber aprendido la lección, con el 0,9. Para 2028, nosotros esperamos siete aviones Canadair que la UE compró en 2024. Cinco años entre el pedido y la entrega. Parece que no hay prisas, pese a los cuantiosos bosques que arden y perdemos.

¿Y qué dicen al respecto los hombre y mujeres que viven en las zonas rurales? Todos aquellos que son desalojados de sus casas durante este calurosísimo verano. En primer lugar, hablan del abandono de los lugares donde habitan. Le sigue la falta de acciones políticas para atajar la despoblación, entre las que citan la ausencia de una decidida gestión forestal. Quienes llevan generaciones moviéndose en estos entornos sienten auténtico enfado ante la falta de limpieza y acusan directamente a las trabas o restricciones de ámbito oficial, prohibiciones que les impide acometer pequeñas limpiezas y quemas tradicionales controladas, que siempre se llevaron a cabo en los montes y ahora no. Los expertos avalan su criterio, con tajantes afirmaciones sobre lo que está pasando realmente. Hacen un nuevo llamamiento para apostar claramente por la gestión del paisaje. Piden favorecer, de verdad, la economía rural. Hablan del regreso a una ganadería y agricultura que han contribuido desde siempre a ser valiosos cortafuegos. No falta, claro, que pidan una vez más, y las que haga falta, un trato fiscal adecuado al campo, tan estrangulado como está.

En este verano de 2026 estamos llegando al límite de temperaturas y calor extremo, un día tras otro, desde que amanece hasta que anochece. Ni siquiera el norte de España se escapa a una ola de calor que llegó para quedarse. En esta predicción también se falló. Si algo se ha convertido ya en temible de cara al aumento de los incendios es la confluencia de altísimas temperaturas y aumento desproporcionado de masa forestal. Es tremendamente irritante asumir como el peor incendio y más agresivo en la historia de España al acaecido este verano en Madrid y Ávila. Se tardaron días en tenerlo siquiera controlado, con el desalojo de numerosos pueblos y sus habitantes, llegando a arder más de 50.000 hectáreas.

Las ciudades no tienen conciencia de todo esto, no necesitan tenerla, y eso que la propia capital de España ha visto y vivido la tragedia del fuego incontrolado bien de cerca. Este país vive para las super protegidas urbes y no para los pueblos. Así es como se ha gestado semejante cantidad de masas forestales, en absoluto controladas y bien gestionadas. Que sepan lo que pasa no quita que quienes viven sobre estas zonas no puedan por si solos atajar su deterioro. Y si, pese a que grandes organizaciones ecologistas lo nieguen, los expertos se ponen del lado de todo lo rural, cuando se quejan de que sus actuaciones están condicionadas por numerosos procesos burocráticos y muchas trabas. Dinero y prevención, por supuesto. Pero sin poner puertas al campo.

 

 

Miguel del Río