Colaboraciones

 

Cada época histórica es deudora de épocas anteriores

 

 

10 junio, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

En las ideas de la Ilustración y la Revolución francesa nace un «evangelio sin Cristo», un «no creo en Cristo, pero sí creo en un dios».

Por supuesto, el dios (o los dioses) de la Ilustración y la Revolución francesa, no tienen nada que ver con el Dios Verdadero, Creador, Padre, Todopoderoso, que nos vino a revelar Jesucristo. Los dioses de las ideologías de la Revolución francesa —sí, aunque suene increíble, regresaron al politeísmo, como los cavernícolas— son: la diosa Naturaleza, la diosa Razón, la diosa Libertad y las diosas Ideas.

El Naturalismo… es el reino de la diosa-Naturaleza. Nos dice que el hombre es bueno por naturaleza (niega así el pecado original y sus consecuencias), que la naturaleza es suficiente para la felicidad. Nos habla de un orden puramente terrenal y niega el orden sobrenatural de las cosas.

El Racionalismo… es el reino de la diosa-Razón. Es la cara intelectual del naturalismo… afirma que la razón por sí misma puede explicar todo y no necesita de Dios.

El Liberalismo… es el reino de la diosa-Libertad. El hombre debe liberarse de todo lo que pueda limitarlo, incluidas las creencias y los valores. Hablan de libertad de pensamiento, de expresión, de prensa, de opinión y de religión, aceptando así que no hay una única verdad.

La Ilustración lleva al Liberalismo, que consiste en la afirmación de la libertad del hombre por sí misma, independiente de la voluntad de Dios y del orden natural por Él creado. Implantado en las antiguas naciones cristianas desde finales del siglo XVIII, hasta nuestros días, en un crecimiento cada vez más acelerado, fue entendido desde el principio por el Magisterio apostólico como el rechazo de la soberanía de Dios sobre el hombre y el mundo. Es, pues, un modo histórico del naturalismo militante, un ateísmo práctico, una rebelión contra Dios. Y es muy importante entender bien que del liberalismo nacen el socialismo y el comunismo: son hijos suyos naturales (Pío XI, enc. Divini Redemptoris). Liberalismo, socialismo y comunismo son entre sí familiares de la misma sangre.

La unidad radical que existe entre liberalismo y comunismo, socialismo o nazismo, explica que todos ellos sean profundamente hostiles hacia la Iglesia, y que todos ellos, aunque peleen muchas veces entre sí, llegado el caso, pueden llegar a compromisos cómplices, pues coinciden al menos en lo fundamental. Todos están en la misma opción radical: «No queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19, 14). Todos coinciden en el principio más decisivo: «Los hombres, solamente si se gobiernan sin sujeción alguna a Dios, podrán llegar a ser como dioses, conocedores del bien y del mal» (Cf. H. Graf Huyn, Seréis como dioses, Ediciones Internacionales Universitarias, Barcelona 1991).

El Idealismo… es el reino de las diosas-Ideas. Aquí el hombre se sustituye por Dios. Afirma que las ideas son más importantes que el ser, las opiniones plurales están por encima de la verdad, las cosas son como cada quién las ve desde su propio punto de vista. Todo es relativo… cada quién con sus ideas.

¿Se imaginan qué desastre? Reinando la naturaleza sin la gracia, la razón sin la fe, la libertad sin la autoridad y las ideas sin la Verdad. Un caos verdadero.

La Ilustración trajo consigo progresos en algunos órdenes, al permitirse la iniciativa y la creatividad. Baste recordar en el campo científico los nombres de Newton, Galván, Franklin, Volta, Montgolfier, Lavoisier, Bufón o Linneo, con sus asombrosos descubrimientos.

Incluso trajo ventajas para la religión. Ante tantas críticas y ataques, comienza a cultivarse la apologética, la pastoral, la catequética, la patrología, la historia eclesiástica, la liturgia y el derecho canónico.

La Revolución francesa fue hija legítima de la Ilustración, y representó la subida del llamado «tercer estado» a la vida política y la construcción de una Francia burguesa.

Se quiso abrir la era de la democracia, de la libertad y del progreso, pero a costa de muchos atropellos, intolerancias y retrocesos morales.

Con la Revolución francesa surgen una serie de ideas propias de nuestra época contemporánea, cuyo inicio ella marca. La libertad, el orden constitucional, la soberanía popular, la concepción de nación en torno a una misión histórica… todas estas realidades llegarán a ser los móviles comunes de nuestra vida política.

De esta Revolución surge el mundo moderno. Con ella también llegó el fin del Antiguo Régimen con su ordenación estamental y sus antiguos privilegios nobiliarios.

La Revolución francesa, en resumidas cuentas, llevó a los hombres a creer en un progreso indefinido hacia «un mundo mejor» basándose erróneamente en dos grandes mentiras: la bondad natural del hombre (por ejemplo, el niño que no ha sido educado por sus padres es, por naturaleza, egoísta, altanero, acaparador, gritón, demandante, déspota, destructor, irreverente, cree que el mundo gira a su alrededor) y la infalibilidad de la razón (la razón NO es infalible, nos puede llevar al error, a conclusiones falsas y engañosas).

Cada época histórica presenta la novedad de su momento y es a la vez deudora de épocas anteriores. La nuestra está, en buena parte, condicionada por el peso enorme de la Ilustración. Mucho se ha escrito sobre la Ilustración, mucho sobre los medros y los errores, las bondades y las falacias traídas por los ilustrados. Entre las contribuciones de la Ilustración a la historia común quizá la más importante resida en su propio nombre. La Ilustración se llama así porque revaloriza y promueve la ilustración humana y en consecuencia la educación. La Ilustración no añade nada nuevo a la educación, no supone un salto hacia adelante, no cuenta con teóricos ni con reformadores prácticos —fuera de algún nombre que se ha magnificado en demasía e injustamente, como, por ejemplo, J. J. Rousseau—, no inventa una educación nueva, no hace aportaciones especialmente provechosas al acervo pedagógico, valora mucho la instrucción, sí, pero tampoco es que venga a descubrir su valor.

En cambio, sí hay algo que le debemos a la Ilustración y es el enaltecimiento del saber humano, su revalorización. La Ilustración fue algo así como una voz pregonera que reclamó atención para el hecho educativo desde el campo político, subrayando una realidad a la que el gobernante debía atender. Dicho en lenguaje actual, la Ilustración puso en valor el saber, contribuyendo a una toma de conciencia por parte de los dirigentes para que se interesaran por la educación y la tuvieran entre sus prioridades. La Iglesia llevaba siglos ocupándose de estos menesteres, pero no los príncipes ni los reyes. Es a partir de la Ilustración cuando los poderes públicos comenzarán a hacerse cargo de la educación: leer escrito.

Con esta toma de conciencia empezó la gran batalla por la educación propia de la historia contemporánea en la que aún seguimos inmersos.

Si echamos una ojeada a la historia reciente de Europa occidental, podemos ver que, a lo largo del siglo XIX, Francia y Alemania se convirtieron en los modelos de estado que expropiaron a la Iglesia de sus instituciones y de su papel educativo secular para sustituirlo por sendos modelos de educación estatal, laicista en el primer caso y nacionalista en el segundo, que respondía a los intereses políticos de los gerifaltes del momento. Nombres como los de Jules Ferry o Émile Combes son lo suficientemente representativos en Francia, o el propio Bismarck en Alemania. Tras ellos, en el resto del continente durante el último tercio del siglo XIX, se fueron implantando paulatinamente sistemas educativos nacionales que se consolidarían en el XX. De este modo la educación pasó a convertirse en un servicio público gestionado por las instituciones del Estado con mayor o menor participación de las confesiones religiosas o de la iniciativa privada, según los países, pero reservándose las autoridades civiles, en todo caso, la última palabra: legislación, diseño, financiación, inspección y control. Hay que señalar la apropiación de la educación por parte de las autoridades civiles y la exclusión de la Iglesia. (Para más información sobre este punto se puede consultar «Historia de la educación: Revista interuniversitaria». Año 1990, n. 9).

En la España de estos últimos años hay varios momentos significativos, ambos con el Partido Socialista como protagonista, de los cuales es suficiente con señalar dos. Uno fue a comienzos de los años ochenta del siglo XX. Nada más llegar el PSOE al gobierno comenzó una labor de derribo del sistema educativo encontrado (un sistema educativo recién estrenado, actualizado y puesto al día en los años setenta) para sustituirlo por otro acorde con su ideología y puesto en práctica en varias fases, con la aplicación de varias grandes leyes. El otro momento significativo hay que situarlo en el primer gobierno de Rodríguez Zapatero y su discutida asignatura de Educación para la Ciudadanía. Cuando la EpC se introdujo en las aulas, la entonces Vicepresidenta del Gobierno declaró sin rubor que solo la implantación de esta asignatura en nuestro sistema educativo merecía toda una legislatura.

La Iglesia, porque ha recibido del Señor el mandato «id y enseñad» y porque es «mater et magistra», lleva en sus entrañas la vocación educadora y por eso ha sido la gran abanderada de la educación a lo largo de la historia. Solo quien ignore esta dimensión ontológica de la Iglesia puede extrañarse de su altísimo interés por la educación. Desde aquí no es difícil entender que reclame para sí con mucha firmeza su presencia en el mundo de la educación y la libertad consiguiente para el ejercicio de su labor educadora, de tal modo que, aunque su interés obedezca a motivaciones bien distintas que las que muestran los gobernantes, los Pastores no han ocultado nunca su predilección por la educación. Tan es así que un documento de la importancia de la Gravissimum educationis (1965) comienza con esta afirmación solemne: «El Santo Concilio Ecuménico considera atentamente la importancia decisiva de la educación en la vida del hombre y su influjo cada vez mayor en el progreso social contemporáneo». De los muchísimos datos que pueden confirmar el interés de la Iglesia por la educación, basta fijarse en tres. El primero se refiere al Magisterio, riquísimo en doctrina y en cantidad de documentos dirigidos al campo educativo. Si hubiera que elegir uno solo, habría que quedarse con la Declaración ya citada, Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II, cuyo nombre es suficientemente elocuente. El segundo dato viene dado por el amplio abanico de instituciones educativas religiosas nacidas de y en la Iglesia para dedicarse a la educación: Universidades, Órdenes religiosas, Institutos, Congregaciones, Colegios de toda índole, etc. El tercero tiene que ver con la presencia de las instituciones educativas de la Iglesia en países de escasa implantación católica. No deja de ser llamativo que en estos lugares la Iglesia tenga colegios para alumnados mayoritariamente no católicos (Marruecos, la India o Corea, por ejemplo).

Después de lo dicho cabe preguntarse por la razón profunda de esta atracción viva que la educación suscita en quienes detentan el poder, sea el Estado, sea la Iglesia. Insistimos en que conviene distinguir los motivos que llevan a interesarse a unos y a otros, que son bien distintos, y en muchos casos no ya distintos sino frontalmente opuestos, pero en todo caso la pregunta está en el aire. ¿Qué tiene la educación para ser una bandera tan discutida? ¿Por qué provoca reacciones tan vivas y tantas veces enfrentadas?

Para estas preguntas no hay una respuesta única, sino un abanico de ellas. Queremos fijarnos solo en una que entendemos es la de mayor peso, la decisiva. Es esta: la educación es determinante en gran medida del destino de la persona, no solo de su destino temporal, en esta vida, sino de su destino eterno. Ya se entiende que esto solo puede decirse desde la fe.

Si comparáramos la educación con una construcción (y la comparación es muy adecuada) habría que decir que la adolescencia y la infancia son las etapas de la vida en las cuales se dejan establecidos los cimientos y los grandes muros del edificio que somos cada persona. Es verdad que el ser humano escapa a todo determinismo y que todo hombre, si puede usar de su libertad, toma en cada momento las decisiones que cree oportunas o que tiene a bien, pero al tiempo también es verdad que muchas de esas decisiones vendrán condicionadas por la educación recibida en la infancia porque de esa educación depende, en buena parte, el uso de la libertad personal.

Por otra parte, es bien sabido que cuando la persona llega a la ancianidad, con muchísima frecuencia, se produce una especie de regreso psicológico a la infancia. Cuando el anciano se acerca al final de su vida experimenta una suerte de despojamiento de casi todo lo vivido, quedando poco más que aquellos grandes sillares con los que se construyeron la infancia y juventud: las personas que marcaron la vida, los grandes amores y los grandes centros de interés. Entre ellos, ocupando el primer lugar, está la fe de la infancia. Si en los años de la infancia hubo una vida de fe auténtica, que caló como calan las cosas en la niñez, hasta el hondón del alma que dicen los místicos, es bastante probable que esa fe vuelva con fuerza y con autenticidad, aun a pesar de que tal vez haya estado eclipsada, oculta o medio olvidada durante gran parte de la vida. A propósito de este hecho nos viene a la memoria dos autores contemporáneos entre sí: George Bernanos y Antonio Machado. Del primero sabemos que las verdades de la fe inculcadas en la infancia le alimentaron durante toda su vida, por otra parte, bien zarandeada en lo que se refiere a esas verdades. De Antonio Machado vale la pena transcribir unos versos de «Don Guido», un poema publicado en Campos de Castilla en 1917 en el que se evidencia la vuelta a la fe de su protagonista, si bien el autor lo hace con aires satíricos:

Murió don Guido, un señor
de mozo muy jaranero,
muy galán y algo torero;
de viejo, gran rezador
.

No es raro, pues, que al llegar a la madurez cronológica el hombre vuelva a la fe, y de hecho vuelve en muchísimos casos, pero con una condición evidente: que la hubiera. Solo puede recuperarse la fe de la infancia si en la infancia hubo vida de fe; en caso contrario, no hay nada que recuperar.

Esto lo sabe la Iglesia y lo saben sus adversarios. Y por ello la Iglesia hace cuanto puede para no perder presencia en el mundo educativo al tiempo que sus detractores hacen cuanto pueden para impedirlo y nada persiguen con tanto ahínco en cuestión de educación como la expulsión de la Iglesia de los espacios públicos, especialmente de la escuela, y su reclusión a las sacristías y los templos (leer escrito). Esta es la batalla contra la acción educativa de la Iglesia cuyos primeros escarceos aparecen en el siglo XVIII, que aumenta de tono con el laicismo desde el siglo XIX y en la que desde hace años este laicismo lleva la delantera en un frente muy amplio, al menos en el caso de España.

Lo que está en juego, pues, no es tanto la instrucción de las personas —que también— cuanto la salvación de las almas. Y la salvación del alma es siempre (siempre, siempre, siempre) motivo de lucha tenaz, porfiada y hostil. Esta es la razón profunda por la cual la educación es campo de batalla, una batalla que a fin de cuentas no es distinta de la que se da en otros campos como son el de la vida, la familia, los medios de comunicación o la acción social.

No sabemos hasta qué punto somos conscientes de esto en ese conglomerado que se llama la «comunidad educativa»: padres, profesores, alumnos y administradores. No sabemos hasta qué punto estas ideas que exponemos pueden encontrar asiento en las personas de fe, especialmente en las personas de fe que se dedican a la educación, pero ya contamos con que muchas no las aceptarán. En todo caso estamos convencidos de que a lo mejor por aquí encontramos alguna de las vías de explicación para dar cuenta de algo que no hay manera de entender. ¿Cómo es posible que la Iglesia en España, con tan abundantes y tan valiosos medios educativos (en cantidad y en calidad) no esté obteniendo los frutos que cabría esperar en buena lógica? En el campo espiritual no hay índices estadísticos que valgan, solo Dios sabe; ahora bien, si hacemos un ejercicio retrospectivo y miramos al pasado reciente, si observamos la práctica religiosa habitual en nuestros templos, si tenemos en cuenta lo que dicen las encuestas de opinión sobre la jerarquía católica, los datos de seminarios y noviciados, la edad de los fieles que se acercan a la Iglesia regularmente, el número de uniones no matrimoniales en bautizados, la relación entre matrimonios sacramentales y divorcios (¿hacen falta más fuentes?)… Si miramos todo esto y lo ponemos junto a los números referidos a los medios educativos de los que la Iglesia dispone, las cuentas no salen, esto no funciona.

¿Qué le parece, lector? ¿No será que tenemos planteada la educación católica como timbre de prestigio en lugar de entenderla como arma de santificación? ¿No será que en vez de tener la educación católica dirigida a la salvación de las almas la tenemos orientada hacia el academicismo y la autocomplacencia? ¿No será que ni la entendemos, ni la queremos entender, como batalla con lo cual en lugar de recoger con Cristo lo que estamos haciendo es desparramar en contra suya? Honradamente decimos que no pensamos que esta sea la única causa, pero sí opinamos que este olvido (olvido culpable) está en el mismo corazón de muchos de los males que nos aquejan en la educación institucionalmente católica.

Por último, sería injusto por nuestra parte si no reconociéramos los enormes esfuerzos de personas y nuevas instituciones eclesiales que especialmente en los últimos años se están replanteando el modus operandi (literalmente «modo de obrar») habitual y están ofreciendo una respuesta seria, comprometida y fiel a la Iglesia. Existen, pero son minoría y socialmente apenas cuentan. Pues bien, lector, debe saber que nos necesitan. Necesitan nuestro apoyo, nuestra ayuda y nuestra oración.