Colaboraciones

 

La fe es el verdadero iluminismo

 

 

04 junio, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

En el XVIII, en el Siglo de las luces, bajo el impulso de los filósofos, la Ilustración viene a ser una radicalización ex­trema y secularizada del milenarismo pelagiano. Y así, difundida por los enciclopedistas, la Ilustración consigue hacerse con los resortes del poder político (con la ayuda de alguna sociedad secreta). A partir de la Revolución francesa (1789) extiende victoriosa su influjo secularizante por el siglo XIX median­te la Revolución liberal. Y continúa el impulso en la secularización de nuestros días.

La Ilustración es un movimiento filosófico y cultural del siglo XVIII, que acentúa el predominio de la razón humana y la creencia en el progreso humano. La libertad religiosa constituye una de las herencias positivas que ha dejado la Ilustración, junto a peligros reales como la «dictadura de la razón positivista».

Los ilustrados, en el poder, intentarán destruir la Iglesia católica, cuya existencia «es algo absolutamente no permitido».

Desde Lutero en adelante, el objetivo declarado era liberar al hombre de los vínculos religiosos y sociales que le oprimían. Libertad. Libertad y más libertad.

En un primer momento se trata de liberarse de Roma, luego de Dios y por último del rey. Pero siempre y en cualquier caso el objetivo es garantizar la libertad a los gnósticos, esto es, a quienes ambicionan definir el bien y el mal creyendo hacerlo mejor que Dios (Cfr. Gén. 3). Los gnósticos exigen para sí una libertad plena y total porque, convencidos como están de ser los mejores, están seguros de que la libertad definida e impuesta por ellos beneficiará a todos.

Los iluminados por la luz de una razón liberada de prejuicios imponen el triunfo del «despotismo ilustrado». El nombre es todo un programa. En nombre de la libertad, del progreso, de la justicia y de la felicidad, las cortes europeas suprimen conventos de clausura, limitan la profesión de votos religiosos, hacen la vida de monjes y frailes más razonable. Menos exagerada. Más moderada. Más ilustrada por los dictados de una razón no supersticiosa. Así, por ejemplo, es abolido el oficio nocturno.

La ideología iluminista, que desde la Ilustración pretendía construir un «universo» a su medida, resultó tan malparada como las minorías étnicas en los Balcanes.

El espíritu crítico de la Ilustración ha sido vuelto contra ella misma. El desencanto racionalista ha llegado a las masas, no solo a los intelectuales. El desencantamiento de los valores supone el fin de la ética, la esteticización de la vida y el individualismo aorgánico.

La fe es el verdadero iluminismo porque a diferencia del «iluminismo» de la Ilustración racionalista, ella es «una irrupción de la luz de Dios en nuestro mundo, una apertura de nuestros ojos a la verdadera luz», dijo el Papa Benedicto XVI durante la solemne celebración de la Vigilia Pascual, el 07 de abril de 1912, en la Basílica de San Pedro.

Continúa Benedicto XVI: «La luz hace posible la vida. Hace posible el encuentro. Hace posible la comunicación. Hace posible el conocimiento, el acceso a la realidad, a la verdad. Y, haciendo posible el conocimiento, hace posible la libertad y el progreso. El mal se esconde. Por tanto, la luz es también una expresión del bien, que es luminosidad y crea luminosidad. Es el día en el que podemos actuar. El que Dios haya creado la luz significa: Dios creó el mundo como un espacio de conocimiento y de verdad, espacio para el encuentro y la libertad, espacio del bien y del amor. La materia prima del mundo es buena, el ser es bueno en sí mismo. Y el mal no proviene del ser, que es creado por Dios, sino que existe en virtud de la negación. Es el “no”.

»La oscuridad amenaza verdaderamente al hombre porque, sí, este puede ver y examinar las cosas tangibles, materiales, pero no a dónde va el mundo y de dónde procede. A dónde va nuestra propia vida. Qué es el bien y qué es el mal. La oscuridad acerca de Dios y sus valores son la verdadera amenaza para nuestra existencia y para el mundo en general. Si Dios y los valores, la diferencia entre el bien y el mal, permanecen en la oscuridad, entonces todas las otras iluminaciones que nos dan un poder tan increíble, no son solo progreso, sino que son al mismo tiempo también amenazas que nos ponen en peligro, a nosotros y al mundo. Hoy podemos iluminar nuestras ciudades de manera tan deslumbrante que ya no pueden verse las estrellas del cielo. ¿Acaso no es esta una imagen de la problemática de nuestro iluminismo? En las cosas materiales, sabemos y podemos tanto, pero lo que va más allá de esto, Dios y el bien, ya no lo conseguimos identificar. Por eso la fe, que nos muestra la luz de Dios, es el verdadero iluminismo, es una irrupción de la luz de Dios en nuestro mundo, una apertura de nuestros ojos a la verdadera luz».