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Cualquier motivo sirve para el griterío

 

Algo marcha mal en una sociedad cuando se ve normal el vandalismo en que suelen convertirse las manifestaciones

 

 

 

Francisco Rodríguez Barragán | 17.07.2018


 

No entiendo que la celebración en Francia de su victoria en el mundial de Rusia se convirtiera en una salvajada con destrozo de escaparates, automóviles y mobiliario urbano acompañado de un estridente griterío y enfrentamiento con la gendarmería, según pude ver en la tele. Jóvenes que saltaban de alegría por haber destrozado una luna o desvencijado un automóvil. No lo entiendo.

Tampoco entiendo que bandadas de hooligan se dediquen a armar camorra allá adonde llegan enfrentándose a la policía y destrozando lo que se pone a su paso de bárbaros salvajes.

Más cerca, también entre nosotros hay monstruosas despedidas de soltero (y solteras) que montan verdaderas escandaleras, molestando a los vecinos de calles y plazas, llevando su salvajismo al interior de los medios de transporte, incluido algún avión. Se pide a las autoridades la prohibición de estos eventos, lo mismo que los botellones, donde el alcohol hace estragos, y dejan toneladas de basura donde se reúnen a beber y a lo que se presente.

Toda la tecnología de la comunicación que conocen tan bien los jóvenes y otros menos jóvenes, no compensa su absoluto su falta de educación y de civismo. Quizás son ya varias generaciones en las que la educación y su transmisión de padres a hijos brilla por su ausencia.

Son generaciones que pueden haber recibido bastante instrucción pero que nadie ha educado. Inicialmente el ministerio no se titulaba de educación sino de instrucción pública, porque se tenía claro que la educación no tenía que facilitarle el estado sino que a los institutos y universidades había que llegar educado desde casa.

Pero la familia, en trance de desaparición, cree que es el estado quien debe educar a los niños, lo cual es un paso fundamental para el adoctrinamiento en todas las ideas que llevan al totalitarismo. En vez de proclamar e insistir que la educación es un derecho y una obligación de la familia, se pone en marcha el sucedáneo de la asignatura de “educación para la ciudadanía” para llevar a todos los espacios educativos, desde el jardín de infancia a la universidad, ideas disolventes: ideología de género donde se inculca que el sexo no es una realidad biológica y complementario sino un variado constructo social donde elegir, un ultra feminismo que proclama la lucha de sexos, la propaganda de cualquier método anticonceptivo, incluido el aborto, reforzado todo ello con leyes que penalizan a quien piense lo contrario, a quienes se opongan a esta deriva disolvente.

Al lado de mi domicilio hay una tapia en la se ha escrito con grandes caracteres “no queremos más trabajo, sino su abolición” y otro “el trabajo mata” y lindezas como estas por todo el barrio, firmadas por los anarquistas con su A rodeada de un circulo.

Cuando se habla constantemente de que padecemos determinadas fobias, quizás habría que incluir también la fobia al trabajo. Me cruzo con muchos jóvenes entre 20 y 30 o más años, que por su atuendo, tatuajes y pelaje no van a ninguna entrevista de trabajo. Parece que se aceptan mejor los pantalones rotos de las mujeres, que deben ser el no va más de la moda.

Como hoy me siento pesimista recuerdo que toda situación es susceptible de que empeore.

 

Francisco Rodríguez Barragán