Cartas al Director

 

Volvimos a decir nosotros

 

España conquistó el Mundial porque convirtió jugadores distintos en una familia y millones de soledades en un mismo grito. La pregunta es por qué esa voluntad común desaparece cuando comienza el partido decisivo de nuestro futuro.

 

 

 

“La concordia hace crecer las cosas pequeñas;
la discordia arruina las grandes.”
Salustio

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 20.07.2026


 

 

 

España ha vuelto a ser campeona del mundo.

Ferran Torres marcó en la prórroga el gol que derrotó a Argentina y colocó la segunda estrella sobre la camiseta nacional. Pero, cuando terminó el encuentro y le preguntaron por aquel instante que ya le pertenecía a la historia, el jugador se negó a quedárselo: «El gol es de 47 millones de personas». No era suyo, dijo, ni siquiera de los veintiséis futbolistas convocados. Era de todos. Luis de la Fuente explicó después el secreto de la victoria con una palabra todavía más sencilla: habían sido una familia.

Dos frases pronunciadas entre el sudor, la emoción y el estrépito de la celebración resumieron lo que tantos discursos políticos no consiguen explicar.

 

Anoche volvimos a decir nosotros.

No ganó Ferran Torres. Ganamos. No levantaron una copa veintiséis jugadores. La levantamos. Millones de españoles que no habíamos tocado el balón, que estábamos a miles de kilómetros del césped y cuya aportación al encuentro había consistido en sufrir frente a una pantalla, sentimos que una parte de aquella victoria también nos pertenecía.

Eso es el fútbol: emoción, pasión y una forma casi infantil de esperanza. Pero es también algo más profundo. Durante unas horas consigue que un país cansado de discutir consigo mismo recuerde que todavía es un país.

El desconocido deja de serlo cuando llega el gol. Nos abrazamos sin preguntarnos quienes somos ni qué votamos, dónde nacimos ni qué acento tenemos. Nadie exige un certificado ideológico antes de compartir la alegría. Nadie pregunta al vecino si está autorizado a llevar la bandera. La alegría no pasa por el control de aduanas de la política.

Durante ciento veinte minutos dejamos de clasificarnos. Y al dejar de clasificarnos, volvimos a reconocernos.

 

La estrella era el equipo

España no conquistó el Mundial confiando su destino a una figura providencial.

Portugal tenía a Cristiano Ronaldo. Francia exhibía a Kylian Mbappé. Argentina llegaba a la final alrededor de Lionel Messi. Todos ellos grandes futbolistas de la historia. España se enfrentó a todos sin presentar una estrella solitaria de semejante fulgor. Presentó algo menos vistoso en el cartel y mucho más difícil de derrotar sobre el campo: un equipo. Venció a Portugal en los octavos de final, superó con claridad a Francia en la semifinal y derrotó a Argentina en la final.

Las otras selecciones poseían astros capaces de iluminar por sí solos una jugada. España había construido una constelación. Cada jugador procedía de un club diferente, había aprendido con entrenadores distintos y estaba acostumbrado a sistemas de juego que no siempre coincidían. Durante la temporada competían entre sí. Unos vestían de blanco; otros, de azulgrana, de rojiblanco o de cualquier otro color. Sin embargo, al ponerse la camiseta de España comprendieron que el escudo del domingo debía quedar al servicio de la bandera de todos.

Ninguno necesitó renunciar a quien era. Les bastó con aceptar que no eran lo único importante.

Ésa es la diferencia entre una suma de talentos y un equipo. En una suma, cada uno procura que se vea su número. En un equipo, todos aceptan que el resultado final vale más que la firma individual. Uno corre para que otro reciba. Uno arrastra al defensa para abrir el hueco que aprovechará un compañero. Uno pierde el balón y los demás retroceden para repararlo. El gol lleva un nombre en el acta, pero ha comenzado muchos pases antes y pertenece a muchas voluntades.

España, además, no avanzó esperando que la fortuna se equivocara de puerta. Quiso el balón, lo cuidó y construyó sus victorias mediante la asociación, la paciencia y el dominio del juego. Los datos de la FIFA sitúan a la selección entre las mejores del campeonato en precisión de pase y control de la posesión. No fue la campeona del rebote oportuno, sino la de una voluntad que sabía lo que quería hacer con la pelota.

Tener el balón no consiste únicamente en poseerlo. Consiste en asumir la responsabilidad del partido.

Mientras otros aguardaban la inspiración de su estrella, España elaboraba cada jugada entre todos. No esperaba que el encuentro se resolviera por accidente. Se hizo cargo de él. Administró sus tiempos, soportó la presión, corrigió los errores y continuó buscando el gol incluso cuando éste parecía esconderse.

Las estrellas pueden decidir una jugada. Sólo los equipos conquistan un Mundial.

Quizá las naciones no sean tan distintas.

 

El país que sólo se reconoce ante una portería

El fútbol posee una virtud que la política contemporánea ha ido perdiendo: convierte lo complejo en algo comprensible.

En el campo sabemos quiénes somos, quién está enfrente, cuáles son las reglas y qué objetivo perseguimos. Hay dos porterías, un balón y un marcador que no puede modificarse al día siguiente mediante una rueda de prensa.

Si la pelota entra, es gol. Si no entra, no lo es.

La vida pública, en cambio, se ha convertido en un territorio donde hasta la evidencia necesita escolta. Las cifras se seleccionan, los hechos se adjetivan y las responsabilidades se disuelven en una sopa verbal en la que nadie parece haber encendido el fuego. Todo depende del relato, de la tribu que lo difunde y del altavoz que consiga repetirlo más veces.

En el fútbol manda el marcador. En la política manda demasiadas veces quien logra seducir al elector.

El ser humano necesita pertenecer. No es una debilidad, sino una herencia ancestral. Antes de convertirnos en individuos autosuficientes fuimos miembros de un grupo, de un clan, una tribu, una familia, una aldea. Fuera del grupo estaba el riesgo y la intemperie; dentro, la protección y el refugio.

El deporte despierta esa pertenencia ancestral. Nos entrega unos colores, un himno y un objetivo común. Durante unas horas nos rescata de la soledad del individuo moderno y nos devuelve la sensación de formar parte de algo que comenzó antes de nosotros y continuará cuando ya no estemos.

Por eso decimos «hemos ganado». Ese «hemos» es la palabra central de esta historia. El delantero marca, el portero detiene, el equipo levanta la copa, pero la primera persona del plural se extiende por las calles, entra en las casas y sienta alrededor de la misma mesa a millones de desconocidos.

La política también debería construir un nosotros. Sin embargo, lleva demasiado tiempo perfeccionando el ellos.

 

El adversario que vive en casa

En el fútbol, el adversario viste otra camiseta, ocupa la otra mitad del campo y deja de ser rival cuando el árbitro señala el final. En la política convertida en trinchera, el adversario duerme en la habitación de al lado.

Puede ser nuestro hermano, nuestro vecino, nuestro compañero de trabajo o aquel amigo con quien hemos dejado de hablar de ciertos asuntos para conservar la amistad. Ya no discutimos solamente medidas, sino identidades. El otro no está equivocado: es perverso. No sostiene una opinión diferente: amenaza nuestra forma de vida. No merece ser convencido, sino expulsado moralmente de la plaza pública.

La discrepancia, que constituye la respiración de la democracia, se transforma así en un pecado civil.

Unos se proclaman propietarios del progreso y de la sensibilidad. Otros se adjudican la exclusiva de la sensatez y de la buena gestión. Cada bando expide sus certificados de virtud y entre ambos van estrechando el pasillo por el que todavía intenta caminar el ciudadano que sólo quiere pensar por su cuenta.

La polarización resulta muy útil para quien ejerce el poder. Una sociedad serena examina la gestión del Gobierno. Una sociedad enfrentada examina primero quién formula la crítica. Si el reproche procede de la trinchera contraria, se devuelve sin abrirlo, como una carta cuyo remitente inspira sospecha.

La mentira del adversario indigna. La mentira propia se contextualiza.

La corrupción ajena demuestra la podredumbre de todo un sistema. La cercana se convierte en un hecho aislado, una anomalía administrativa o una conspiración.

La moral partidista posee una elasticidad admirable: se vuelve de hierro cuando juzga al contrario y de goma cuando debe salvar a los suyos.

Así, el gobernante deja de tener ciudadanos que lo vigilan y empieza a disponer de seguidores que lo justifican. La política se convierte en una competición entre hinchadas, con una diferencia decisiva: el rival ya no está fuera, sino sentado a nuestra mesa.

Mientras la selección española encontraba su fuerza convirtiendo diferencias en cooperación, la política lleva años encontrando su beneficio convirtiendo diferencias en confrontación.

 

El deterioro no marca goles

Un gol sucede en un segundo. El deterioro de una sociedad necesita años.

El cerebro humano reacciona ante el ruido repentino, no ante la humedad que avanza lentamente por la pared. Lo que estalla nos alarma. Lo que se filtra acaba formando parte del paisaje.

Los precios suben poco a poco. Primero se encarece la compra, después la energía, más tarde la vivienda. Cada aumento parece soportable por separado, hasta que una familia descubre que tiene que hacer recortes porque no llega a fin de mes.

Los impuestos tampoco llegan siempre acompañados de fanfarrias. Se distribuyen entre retenciones, tasas, recargos y tributos indirectos hasta convertir la nómina en un árbol del que todos recogen fruto menos quien lo plantó.

La vigilancia se presenta como seguridad, comodidad o eficacia. Una cámara más, un registro más, un dato más. El ciudadano va entregando fragmentos de su intimidad sin advertir que, reunidos, forman su retrato entero. Y es que la libertad rara vez muere de un disparo. Suele morir de pequeñas renuncias administradas con palabras tranquilizadoras.

La educación tampoco se derrumba en una mañana. Se debilita cuando se rebaja la exigencia, se confunde la igualdad con la igualación y se sustituye el conocimiento por la consigna. El problema más grave no es que un joven no pueda hablar. Es que no haya aprendido a pensar qué decir.

Educar consiste en abrir ventanas. Adoctrinar es pintar un paisaje en la pared y prohibir que el alumno se asome.

Hay adoctrinamiento cuando una cuestión discutible se presenta como dogma; cuando ciertos argumentos desaparecen no por falsos, sino por incómodos; cuando algunas preguntas se convierten en sospechosas y el discrepante recibe una etiqueta antes de haber pronunciado su razonamiento.

Una ideología razonable acepta que sus principios sean discutidos y sometidos a crítica. Una ideología enfermiza sólo considera legítimo el juicio de quienes ya están dispuestos a darle la razón.

Quien no aprende a distinguir hechos de opiniones, a comparar fuentes y a convivir con la duda queda indefenso ante la propaganda. Podrá hablar mucho, indignarse deprisa y repetir mensajes a una velocidad admirable. Pero necesitará que otros le digan qué debe pensar.

No existe poder más completo que aquel que entra en la conciencia de una persona y consigue que las ideas recibidas le parezcan pensamientos propios.

 

El Estado y la casa común

Una comunidad política se sostiene mediante obligaciones recíprocas. El ciudadano paga impuestos, cumple la ley y reconoce la autoridad porque espera, a cambio, protección, justicia y seguridad.

Por eso, cuando el Estado deja desamparadas a sus fuerzas de seguridad, no abandona solamente a unos servidores públicos. Debilita la herramienta con la que la ley protege al ciudadano. Quien viste uniforme no deja de ser persona. Necesita control, por supuesto, pero también respaldo jurídico, medios suficientes y la certeza de que no será empleado como escudo cuando convenga y abandonado como sospechoso cuando cambie el viento.

La misma obligación de equilibrio aparece ante la inmigración. Toda persona posee una dignidad que no depende de su lugar de nacimiento. Quien huye del hambre, de la guerra o de la miseria no es una estadística, sino un ser humano.

Pero un Estado tampoco es una organización benéfica sin fronteras ni responsabilidades concretas. Su primer deber político consiste en proteger a sus ciudadanos, aplicar la ley, mantener el orden y garantizar que la solidaridad no destruya las condiciones que permiten ejercerla.

No toda preocupación por la inmigración es xenofobia. No toda defensa del inmigrante implica desinterés por el ciudadano nacional.

El debate se vuelve imposible cuando el poder sustituye los argumentos por etiquetas morales. Entonces ya no se examinan la integración, la seguridad, la vivienda, el empleo o la capacidad de los servicios públicos. Se juzgan intenciones. Unos se proclaman compasivos; otros son declarados sospechosos por formular preguntas que cualquier gobierno responsable debería responder.

La realidad, sin embargo, tiene la mala educación de no obedecer a los discursos.

 

La vieja herramienta de la división

Gobernar una sociedad unida obliga a responder ante ella. Gobernar una sociedad fragmentada permite refugiarse detrás de una parte.

La división es una herramienta antigua del poder. No hace falta inventar todos los conflictos. Basta con agrandarlos, moralizarlos y hacer imposible el encuentro. Una nación partida en bloques permanentes deja de preguntarse si el Gobierno administra bien y empieza a preguntarse si el otro bando sería peor.

El voto deja de constituir una esperanza para causarnos miedo.

Cada elección se convierte en una emergencia; cada discrepancia, en una amenaza; cada crítica, en una traición. El poder ya no necesita convencer de sus aciertos. Le basta con presentar al adversario como un peligro intolerable.

Así aparece una paradoja muy rentable: cuanto peor funciona la convivencia, más imprescindible se presenta quien asegura protegernos del enfrentamiento que él mismo alimenta.

Es el bombero que llega con una antorcha y exige gratitud por haber avisado del incendio.

La fragmentación permite también sustituir la responsabilidad por la identidad. Cuando algo sale mal, no se examina la decisión, sino que se busca un grupo al que atribuir la culpa. La política deja de resolver los problemas y comienza a administrarlos como combustible.

Un ciudadano enfrentado con su vecino mira menos hacia arriba.

Por eso no es casual que una sociedad capaz de fundirse en un mismo grito ante el fútbol permanezca dividida ante problemas que afectan a su libertad, su economía, su educación, su seguridad y su futuro. El partido ofrece un adversario exterior y temporal. La política de trincheras necesita adversarios interiores y permanentes.

El fútbol concentra la emoción. La política marchita la esperanza y siembra la incredulidad.

 

La lección de 1978

España no necesita que todos pensemos igual. Nunca lo hemos hecho.

Nuestra riqueza está precisamente en la diversidad de paisajes, acentos, costumbres, caracteres y maneras de entender la vida. Una nación no es un coro de voces que cantan una misma partitura. Es una casa común habitada por personas diferentes que aceptan proteger el tejado porque saben que, si se derrumba, la lluvia no preguntará a quién votaba cada uno de sus moradores.

Eso fue, en esencia, lo que los españoles comprendieron en 1978.

Procedían de historias enfrentadas, conservaban recuerdos dolorosos y defendían proyectos políticos muy distintos. No olvidaron de pronto sus diferencias ni renunciaron mágicamente a sus convicciones. Hicieron algo mucho más difícil: aceptaron que ninguna razón particular valía otra guerra entre españoles.

Tuvieron voluntad para perdonarse. Coraje para convivir. Inteligencia para renunciar. Y pasión por un futuro que habrían de construir.

No se pusieron de acuerdo porque todos hubieran llegado a la misma conclusión. Se pusieron de acuerdo porque comprendieron que España necesitaba algo más importante que la victoria completa de cualquiera de ellos: necesitaba futuro.

Aquella generación formó un equipo con jugadores que venían de clubes irreconciliables. Unos habían sufrido un lado de la historia; otros, el contrario. Pero entendieron que el partido decisivo no consistía en volver a ganar el pasado, sino en construir juntos el porvenir.

No fue perfecto. Ninguna obra humana lo es. Pero fue posible.

Y lo que una sociedad hizo una vez puede volver a hacerlo si conserva la memoria, la voluntad y el valor necesarios.

 

La pasión que nos falta

No basta con comprender España. Hay que llevarla dentro y sentirla.

El fútbol no sería fútbol sin emoción, sin pasión, sin ese latido que nos levanta del asiento antes de que la razón sepa todavía si el balón entrará. Un país tampoco puede sostenerse únicamente sobre leyes, presupuestos y organismos. Necesita afecto, pertenencia y la conciencia íntima de que la suerte de los demás guarda una estrecha relación con la nuestra.

Sentir España no significa pensar todos de la misma manera. Significa comprender que su futuro es también nuestro futuro.

Ésa es la gran lección que este Mundial deja mucho más allá del deporte. Una comunidad no se fortalece cuando desaparecen las diferencias. Se fortalece cuando quienes son diferentes descubren que existe algo que merece más la pena que imponer cada uno su propia razón.

Eso mismo necesitamos hacer los españoles. No borrar nuestras diferencias, sino impedir que sean utilizadas para destruir lo que compartimos. No renunciar a nuestras ideas, sino recordar que ninguna de ellas justifica convertir al vecino en enemigo. No dejar de discutir, sino recuperar la nobleza de discutir dentro de la misma casa.

La selección no ganó porque todos caminaran igual. Ganó porque todos caminaron hacia el mismo sitio. Y todos pusieron pasión.

Así se construyen los equipos. Así se reconstruyen también los pueblos.

Ferran Torres dijo que aquel gol pertenecía a 47 millones de personas. En realidad, había pronunciado la palabra que llevábamos demasiado tiempo olvidando. No dijo yo. Ni siquiera dijo ellos. Dijo nosotros. Y Luis de la Fuente llamó familia a un grupo de hombres distintos que habían aprendido a confiar unos en otros.

Quizá ahí esté la esperanza.

No nace en un despacho, en un Parlamento ni en un Gobierno. Aparece cada vez que personas distintas olvidan por un momento aquello que las separa para recordar aquello que las une.

Ninguna renuncia a ser quien es. Todas aceptan formar parte de algo más grande que ellas mismas.

Eso es un equipo. Eso es una familia. Y eso debería volver a ser España.

Mientras seamos capaces de emocionarnos juntos, de sufrir por la misma causa y de gritar «hemos ganado» como si el gol hubiera nacido en nuestro propio corazón, no estará todo perdido.

Todavía conservamos el sentimiento. Todavía poseemos la pasión. Todavía podemos reunir la voluntad y el coraje necesarios para remontar el partido porque los pueblos no empiezan a renacer cuando dejan de ser diferentes.

Empiezan a resurgir cuando descubren que aquello que los une es infinitamente más fuerte que todo aquello que pretende separarlos.

 

 

César Valdeolmillos Alonso