Cartas al Director

 

Lo que hemos dejado de sostener

 

La historia de cómo fuimos olvidando que el otro también era nosotros

 

 

 

“La memoria no sirve para vivir en el pasado, sino para no perderse en el futuro.”

Gabriel García Márquez

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 08.05.2026


 

 

 

 

Hay momentos en los que uno tiene la sensación de que algo importante se ha ido aflojando. No de golpe, no con ruido, sino poco a poco, como ese amor que damos por firme hasta que un día nos preguntamos dónde está. No siempre sabemos cuándo empezó a desdibujarse. Pero sí notamos que ya no estamos exactamente donde estábamos.

 

Algo más que «este país»

Habitualmente hablamos de España como si fuera algo ajeno, como si lo que ocurre en ella perteneciera siempre a otros —a los políticos, a las instituciones, a los de enfrente—. Como si nos diera pudor pronunciar su nombre. Pero basta detenerse un momento, callar el ruido y escucharnos por dentro, para entender que durante demasiado tiempo no hemos entendido qué es España.

Cuando decimos España, no estamos hablando de «este país» como quien señala una abstracción lejana con la que no se siente comprometido.

Porque este país, España, no es una tierra de nadie. No es el botín de unos pocos a costa de unos muchos. No es un mapa dibujado en un trozo de papel.

Para los españoles, España es el niño que fuimos, el olor de la sopa de la abuela, el latir acelerado del primer amor, la primera sonrisa del hijo recién nacido, el lugar donde la familia siempre nos espera con los brazos abiertos, sin pedirnos explicaciones. España es nuestro pasado —también el de quienes se dejaron la vida trabajando para que nosotros pudiéramos estar hoy aquí—, nuestro presente y nuestro futuro. España es la mesa a la que nos sentamos todos. O, como dijera el poeta: no es el suelo que pisamos, sino el que labramos.

España somos todos nosotros. Cada uno, con nuestras ideas, nuestras manías, nuestras razones y nuestras contradicciones. El que piensa como yo y el que no. El que aplaudo y el que me cuesta entender. El que tengo cerca y también el que está en las antípodas de lo que defiendo. Porque nadie sobra en esta casa común, ni siquiera aquellos con los que aún no hemos aprendido a dialogar.

Y más allá de todos nosotros, España es también el paisaje que vemos... y reconocemos con solo asomarnos a la ventana: sus olivos retorcidos y sabios, sus viñedos que cambian de color con cada estación, sus pescadores que se hacen a la mar cuando aún no ha salido el sol, la lluvia mansa de Galicia que huele a tierra viva, el sol de Andalucía que entra por las rendijas de las persianas… y la luminosidad de los cuadros de Sorolla, que es como la memoria de una España que jugaba descalza en la orilla del mar. Y los pueblos que se vacían, y las plazas que un domingo cualquiera estallan de vida, y ese modo nuestro de abrazarnos al despedirnos como si no hubiera un mañana.

Es solo entonces cuando uno comprende, por fin, que lo que está en juego no es una idea lejana, sino algo mucho más cercano y más frágil: la manera en que nos tratamos, el respeto que nos debemos… y, en el fondo, la vida que estamos dispuestos a compartir.

Y comprende también que querer a España no es un acto de fe política, sino un acto de amor lúcido a lo que somos: nosotros mismos. Con nuestras grietas, sí, pero también con una historia escrita a pulso, con una lengua que nos sirve para cantar y para consolarnos, con una tierra que merece que dejemos de tirarle piedras al tejado que nos cobija a todos.

Porque tal vez la única manera de empezar a curar este país sea, sencillamente, aprender a quererlo sin condiciones. Como a un hogar. Como a una familia. Como a uno mismo.

 

El tiempo en que supimos sostenernos

Hubo un tiempo en que, aun pensando muy distinto, entendimos algo esencial: que todos compartíamos un mismo espacio al mismo tiempo; que la vida no era posible los unos sin los otros, como ramas de un mismo árbol, distintas, pero sostenidas por el mismo tronco; y que no podíamos permitirnos volver a rompernos.

No era una consigna: era una experiencia. Veníamos de demasiado cerca. Había recuerdos que no hacía falta explicar porque seguían vivos en las casas, en las conversaciones, incluso en los silencios.

De ahí nació la Transición. No como una obra perfecta —no lo fue—, sino como una decisión consciente: convivir. No porque estuviéramos de acuerdo, sino porque entendimos que imponerse tenía un precio que ya conocíamos demasiado bien.

Aquella generación —con figuras como Adolfo Suárez, Torcuato Fernández-Miranda y el papel decisivo de Juan Carlos I— no construyó un sistema impecable, pero sí uno que permitía convivir de verdad.

 

Lo que significa convivir

Convivir. Una palabra que usamos con facilidad, casi sin detenernos en lo que implica. Como si bastara con pronunciarla para entenderla. Pero convivir no es entenderse. Ni siquiera es estar de acuerdo. Es algo más exigente: aceptar vivir con quien no es como nosotros… y no intentar apartarlo de un lugar que también es suyo.

Aceptamos algo sencillo y difícil a la vez: que el otro tenía derecho a estar ahí, incluso pensando distinto. Que la convivencia no era una renuncia, sino una forma de sostenernos.

Pero ese equilibrio no era un logro estable, inamovible ni permanente. Había que velarlo cada día con el mismo esmero con que se cuida una planta delicada para que no se agoste. Y, sin embargo, tengo la impresión de que acabamos por abandonarlo a su suerte.

 

Las primeras grietas

Pronto empezaron a aparecer las grietas. La Unión de Centro Democrático, decisiva en aquel proceso, terminó deshaciéndose desde dentro. Con ella se fue debilitando también aquel espacio templado que servía de puente entre los extremos y evitaba que el país volviera a hablarse a gritos. Fue entonces cuando comenzaron a percibirse los primeros síntomas de una fractura más profunda que muchos, quizá, no alcanzamos a comprender del todo.

Con el tiempo, consolidamos muchas cosas. Ganamos libertades, bienestar y estabilidad. Pero también fuimos acumulando sombras que, sin romper nada de golpe, empezaron a desgastar la confianza. Durante los años de Felipe González avanzamos en muchos frentes, pero convivimos con episodios que nos obligaron a mirar de reojo al propio sistema: el caso Filesa, el de Luis Roldán, la sombra de los GAL o la tolerancia política hacia figuras como Jordi Pujol.

Nada de eso nos derrumbó. Pero fue dejando una inquietud persistente: la sensación de que las reglas no eran iguales para todos.

A la vez, fuimos aceptando sin apenas debate algo que acabaría teniendo consecuencias: una ley electoral que, en nombre de la estabilidad, otorgó a los partidos nacionalistas una capacidad de influencia muy superior al peso real que tenían en el conjunto del electorado español. Sus escaños, decisivos en parlamentos fragmentados, terminaron convirtiéndolos con frecuencia en árbitros de la gobernabilidad. Aquello permitió sostener gobiernos y aportar estabilidad en momentos delicados, pero también generó una dependencia que, con el tiempo, acabaría condicionando decisiones importantes de Estado.

El sistema seguía funcionando. Pero había empezado a perder el equilibrio.

 

El giro que aceleró el desgaste

Ese desgaste no avanzó siempre igual. Hubo momentos en los que se aceleró. Cambios de orientación política, reinterpretaciones del pasado, decisiones que fueron tensando el marco común.

La llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al poder se produjo en circunstancias políticamente excepcionales. Hasta pocos días antes de las elecciones, casi todas las previsiones apuntaban a una victoria del Partido Popular. Pero la conmoción nacional provocada por los atentados del 11-M alteró de manera súbita el clima emocional y político del país, produciendo un vuelco electoral tan inesperado como decisivo.

Fue en ese contexto donde aquel cambio de rumbo dejó de ser difuso. No nació allí todo cuanto vendría después, pero sí comenzó a cuestionarse de manera abierta el marco común que hasta entonces, con mayores o menores matices, había permanecido esencialmente compartido. A partir de ese momento, la política fue desplazándose poco a poco desde la búsqueda del acuerdo hacia una lógica distinta, más apoyada en la confrontación que en el entendimiento, como si el desacuerdo hubiera dejado de ser un problema a resolver para convertirse, en sí mismo, en una herramienta de poder.

 

La oportunidad que no se aprovechó

Cuando aún había margen para recomponer —y existía, además, una mayoría política suficiente para hacerlo—, esa oportunidad no se aprovechó.

Durante los años de Mariano Rajoy hubo estabilidad y gestión, pero no una reconstrucción de fondo. Lo que aún podía encauzarse terminó consolidándose.

 

Mayorías que tensan el espacio común

Con el mandato de Pedro Sánchez, se inició una fase distinta, en la que la política dejó de apoyarse en consensos amplios para sostenerse sobre alianzas parlamentarias tan sorprendentemente heterogéneas como inestables.

En este periodo, la dinámica ha alcanzado quizá su máxima expresión: fuerzas situadas en posiciones ideológicas muy alejadas entre sí terminaron compartiendo una misma mayoría parlamentaria, unidas menos por un proyecto común de país que por intereses coyunturales partidistas, cálculos estratégicos o por el rechazo al bloque político alternativo. Dentro de ese espacio pasaron a integrarse partidos que durante décadas habían permanecido fuera del consenso básico de la Transición, incluidas formaciones vinculadas al entorno político de ETA y actores que protagonizaron el desafío institucional en Cataluña. Todo ello contribuyó a alterar algunos de los equilibrios sobre los que había descansado la política española desde 1978.

Más allá de la valoración política que cada cual haga, el efecto ha sido evidente: el espacio común se estrecha más cada día.

 

Lo que dejamos de contarnos

Pero si nos quedamos solo en la política, nos engañamos.

Porque por debajo de todo eso hay algo más profundo, y probablemente más decisivo: hemos ido dejando de transmitirnos por qué medio siglo atrás hicimos lo que hicimos y qué precio hubiera tenido no hacerlo.

Quienes vivieron aquel tiempo lo recuerdan bien. Pero entre esa memoria y quienes no la vivieron se ha abierto una brecha que no hemos sabido cerrar.

La historia ha ido perdiendo peso. Y cuando eso ocurre, lo que se pierde no es solo conocimiento: se pierde criterio.

Es entonces cuando empiezan las simplificaciones. Juzgamos el pasado sin entenderlo. Convertimos acuerdos en debilidades, prudencias en cesiones y equilibrios en sospechas. Poco a poco dejamos de ver la convivencia como un logro… para empezar a verla como un problema.

 

Cuando el otro se convierte en amenaza

Ahí es donde algo cambia de verdad.

El otro deja de ser alguien con quien convivir para convertirse en alguien a quien derrotar. El desacuerdo deja de ser algo normal para convertirse en una amenaza. Y casi sin darnos cuenta, empezamos a vivir en una lógica de confrontación que ya no necesita explicarse.

Esa lógica acaba filtrándose en todo: en la política, en los medios, en las conversaciones. En cómo hablamos, en cómo discutimos, en cómo nos miramos.

No es que hayamos querido romper nada. Es que hemos ido dejando de sostenerlo.

 

Desenlace

No hemos llegado hasta aquí por un solo error ni por un solo responsable. Hemos llegado poco a poco. Con decisiones, con omisiones, con cosas que hicimos y otras que dejamos de hacer.

La Transición no fue perfecta. Ninguna obra humana lo es. Pero nos dio algo extraordinariamente valioso: el periodo más largo de paz de toda nuestra historia, modernización, importantes avances sociales y económicos, y reconocimiento internacional: en suma, un país en el que podíamos vivir sin enfrentarnos.

Hoy seguimos siendo ese país. Solo que ya no nos sostenemos igual.

Y eso debería preocuparnos. Porque una sociedad puede soportar crisis, errores y malos gobiernos. Lo que le cuesta mucho más es olvidar que la convivencia no era una opción cómoda, sino el límite que impedía que el desacuerdo terminara convirtiéndose en fractura.

Nunca dejamos de pensar distinto. Ese no era el problema.

Empezamos a hacerlo peor cuando olvidamos algo esencial: que antes que votantes, ideologías o trincheras, seguimos siendo personas condenadas a compartir el mismo lugar, el mismo tiempo y, querámoslo o no, el mismo futuro.

Y cuando eso se olvida, todo lo demás —la política, las instituciones, incluso la verdad— empieza a desordenarse.

No de golpe, pero sí lo suficiente como para que, un día, nos preguntemos en qué momento dejamos de reconocernos.

 

 

César Valdeolmillos Alonso