Cartas al Director

 

Andalucía agradecida

 

Crónica de un pueblo que recibe, con devoción casi mitológica, el descenso desde el Olimpo de una figura de poder dispuesta a salvarnos… otra vez.

 

 

“El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”

Friedrich Hölderlin

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 27.03.2026


 

 

 

 

Hay gestos que hacen época. No por su notoriedad, sino por su grandeza. Y hay momentos en los que la política abandona lo terrenal para adentrarse en lo épico. Andalucía ha vivido uno de esos instantes: el día en que una figura de gran poder, elevada —casi suspendida— en las cimas del Olimpo del Estado, tuvo a bien descender para mezclarse entre nosotros. No es fácil encontrar palabras para expresar la gratitud que, como pueblo agradecido, le debemos sin caer en la emoción desbordada. Pero lo intentaremos.

 

 

No todos los días ocurre que alguien como María Jesús Montero —descrita por ella misma, con admirable precisión, como “la mujer con más poder del conjunto de la democracia”, sin que quede del todo claro el alcance histórico de semejante afirmación— decide dar un paso atrás. O, mejor dicho: hacia abajo. Hacia Andalucía. Hacia los pobres mortales carentes de toda grandeza institucional, huérfanos de poder y, hasta su llegada, condenados a vagar entre menguados presupuestos domésticos y listas de espera terrenales.

El gesto tiene algo de sacrificio antiguo, de renuncia casi divina, de esas que en la mitología no se producían sin la aquiescencia —cuando no el amable impulso— de las más altas instancias del Olimpo. Uno no puede evitar pensar en aquellos dioses que, desde lo alto, observaban a los insignificantes mortales con una mezcla de compasión y responsabilidad y que, llegado el momento, decidían intervenir. No por imperativo —faltaría más—, sino por pura magnanimidad hacia la especie.

En nuestro caso, la intervención ha llegado en forma de candidatura a la presidencia de la Junta andaluza.

Y no una cualquiera, sino una candidatura que viene precedida por una trayectoria que los andaluces recuerdan —cómo olvidarlo— con ese cariño, es un decir, que dejan las experiencias difíciles de olvidar. Especialmente en ámbitos tan sensibles como la sanidad o la hacienda pública, donde ya tuvieron el privilegio de comprobar de primera mano su capacidad de gestión. Un anticipo, podríamos decir, de lo que ahora se les ofrece en versión ampliada, como esas reposiciones teatrales que regresan a cartel tras haber dejado una huella imborrable en el público… aunque no siempre por los motivos previstos.

Pero lo verdaderamente fascinante no es el hecho, sino la forma en que se les ha comunicado.

Porque la poderosa candidata podría haber optado por la modestia. Por los clásicos “vengo a trabajar”, “vengo a servir”, “vengo a aportar”. Pero eso, seamos sinceros, pertenece a esa esfera menor en la que nos movemos los mortales. Carece de épica. No deja huella. Hubiera sido, en definitiva, el lenguaje propio de los pobres humanos, esos seres limitados que aún creen que el mérito se demuestra haciendo y no declarándolo.

En cambio, presentarse en tercera persona introduce un matiz distinto. Eleva el discurso. Lo sitúa en un plano superior. No habla la persona: habla el personaje.

“María Jesús Montero ha decidido…”

Y en ese instante, algo cambia. El oyente ya no está ante una candidata. Está ante una narración. Ante una figura que no aspira a entrar en la historia, sino que, según sus propias palabras, ya se sitúa en ella. Porque no todos los días se escucha a alguien proclamarse —con esa naturalidad que solo da la certeza de saberse en posesión de todas las respuestas— como la persona más poderosa de la democracia. Y quizá, quién sabe, no le falte razón. Al fin y al cabo, el poder no siempre se mide por lo que se dice, sino por lo que se sabe, por los hilos que se manejan… y, muy especialmente, por lo que calla.

Es un recurso brillante, si se ejecuta con precisión. Porque permite construir una imagen de autoridad sin necesidad de discutirla: basta con enunciarla y confiar en que el auditorio asienta con la misma convicción.

Aunque, claro, siempre existe el pequeño riesgo de que el público, en lugar de percibir grandeza, perciba… otra cosa.

Y ahí es donde entra en juego ese fino equilibrio entre la épica y el sainete. O, si se prefiere, entre la epopeya y el esperpento.

Porque la política tiene una peculiaridad: el ciudadano medio no necesita analizar un discurso para entenderlo. Lo siente. Lo intuye. Y cuando detecta un exceso de solemnidad, activa automáticamente ese mecanismo tan humano que es la ironía.

No es rechazo frontal. Es algo más sutil: una sonrisa interior que dice “esto suena demasiado bien para ser verdad”.

O, dicho de otro modo: cuando alguien se presenta como salvador, el ciudadano —con esa sabiduría práctica que dan los años— empieza a preguntarse de qué exactamente le van a salvar. Y en ese instante, casi sin querer, surge una súplica íntima, humilde, profundamente humana: “Déjeme que me condene por mis innumerables pecados, por favor; no se tome usted la molestia de redimirme”.

Y aquí es donde el relato adquiere su verdadero interés.

Porque el esquema es impecable: poder, renuncia, servicio. Un clásico. Pero aplicado a un contexto concreto, con una memoria colectiva que no es precisamente amnésica.

Los andaluces no esconden la tragedia: la digieren, pero no la olvidan. Y cuando la recuerdan, se hunden en sus raíces milenarias y de ellas sacan el aliento para cantar sus penas por alegrías. Pero que nadie se equivoque, porque en cada andaluz hay un Séneca con esa sabiduría de la calle que, a fuerza de experiencia, ha aprendido que puede soportar casi todo, salvo que le tomen por tonto con solemnidad.

Recordamos, por ejemplo, aquellas etapas en las que esa capacidad transformadora ya se desplegó ante nuestros ojos, prometiendo una arcadia que pronto reveló su verdadero rostro. Y lo hacemos con ese regusto —como de café amargo— que dejan algunos recuerdos intensos: hospitales donde la paciencia se convirtió en virtud casi estoica, cuentas públicas que invitaban al ciudadano a una saludable reflexión sobre el sacrificio compartido y una gestión que, lejos de ser olvidada, ha quedado grabada con ese hierro fino que solo deja huella cuando duele. Un paraíso, sí, pero de esos que obligan al creyente a cuestionar seriamente la teología.

Lo cual, naturalmente, no resta mérito al gesto actual. Al contrario: lo engrandece.

Porque hay que tener una fe inquebrantable —casi heroica— para volver a intentarlo. Para mirar al pasado y decir: “esta vez sí”. Para presentarse, una vez más, como la salvación de Andalucía quien ya lo demostró tan sobradamente como para no ser olvidado.

Eso, al menos, merecería reconocerlo. Y el de todos los españoles, porque Andalucía —conviene recordarlo— no es solo un pedazo de tierra: es una parte esencial del alma de España.

Y gratitud.

Mucha, mucha gratitud… es un decir.

 

Moraleja

Al final, lo que queda no es tanto el discurso como la impresión.

Y la impresión es clara: hemos sido testigos de un acto de inmensa generosidad, digno de las grandes figuras de nuestra historia, de esas heroínas que, como Agustina de Aragón, decidieron intervenir cuando la situación lo requería. Aunque, en este caso, el cañón haya sido sustituido por el micrófono y la épica por el argumentario.

Una figura que, pudiendo permanecer en las celestiales alturas del poder —o eso dice—, ha decidido hacerse mortal, descender hasta el polvo de lo cotidiano y mezclarse con el pueblo andaluz.

Teniendo en cuenta que, en un gesto de magnanimidad difícil de igualar, ha encontrado un hueco en su apretada agenda para venir a salvarnos —una vez más—, quizá estemos enfocando mal las cosas.

Tal vez no deba ser ella quien pida el voto, sino los andaluces quienes, con la debida humildad, deberían ofrecérselo… confiando en que se digne aceptarlo.

Al fin y al cabo, ante tamaño sacrificio, es lo menos que puede hacer un pueblo agradecido.

 

 

César Valdeolmillos Alonso