ALGO MÁS QUE PALABRAS
LOS LAZOS DEL AMOR Y LA AMISTAD

Víctor Corcoba Herrero, Escritor | 13.02.2026
Nosotros somos hijos del amor supremo, pero la providencia misma nos hace semejantes a ese fuego inspirador del verso y a la conjugación rítmica de los níveos deseos, que es lo que forma y conforma la nueva alianza. El Creador es el autor nuestro, pero nosotros somos sus criaturas. Con la venida de su Hijo, que también se hace carne humana, Dios nos hace renuevos, elevándonos a su gloria, a pesar de nuestros pesares y de nuestra fragilidad.
Nada nos puede separar de este vínculo místico, que además une y reúne la lírica perfecta, gracias al soplo vivificante del espíritu. Bajo esta perspectiva, la primera actitud que hemos de cultivar es el silencio para la escucha, la constancia y la paciencia para enmendarnos y, que así, pueda penetrar la luz en nuestras mentes y corazones.
De ahí la necesidad de practicar menos culto al cuerpo y más interiorización de uno mismo, mediante un persistente y continuo espíritu orante, que nos aleje de esta mundanidad que nos ahoga con la posesión y el deseo de dominar, hasta dejarnos hundidos en la maldad, alejándonos de nuestra propia métrica paradisíaca.
La cercanía del pulso no puede distanciarse de la tonada que nos reconstituye comunitariamente. Necesitamos como el comer, volver a nosotros mismos, regresar al oleaje meditativo y a la reflexión, con el apego cristalino del ser y del estar. Ojalá aprendamos a reprendernos, a contemplarnos entre sí y a compartir latidos. Amistades que son verdaderas nadie las puede desconcertar, su concierto es una entrega generosa de ternura.
Ojalá asimilemos el diálogo del amor y la amistad y nos despojemos de otros intereses mundanos. Hoy más que nunca necesitamos un mundo repoblado de esa energía piadosa, que nos injerte de una vibración de alta frecuencia, que es donde habita el gozo y la felicidad. De lo contrario, dejaremos de existir, porque no podremos ni asistirnos a nosotros mismos.
Naturalmente, sin una vida armónica nada tiene sentido; y esto se alcanza, liberándonos de lo material, que es lo que nos oscurece el olmo del alma, impidiéndonos reencontrarnos con el ancestral ritmo para el que hemos sido creados en comunión y en comunidad de timbres. No olvidemos que, la amistad como el amor, es la sal de la vida, un consuelo para no ser un desierto.
Con razón, yo siempre me digo a mi mismo, mi patria son los amigos y los etéreos reinos se ubican en el corazón de la bondad y verdad, que es lo que nos enternece y eterniza. Pues eso, hagamos de nuestro ser un ser que saber estar, latiendo dentro del ser querido, para saber amar y donarse. Riamos juntos, entonces, ¡amigos!
Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
13 de febrero de 2026