Diócesis
Salón noble del Seminario de Monte Corbán, un cierto aire de estética quizá ya rancia, de allá por los años sesenta y setenta. Sesión de clausura de las XIV Jornadas martiriales, celebradas este fin de semana en la capital de La Montaña. Ponente, monseñor Arturo Ros, obispo titular de la diócesis norteña. Asistencia más que notable.
José Francisco Serrano Oceja. 26/10/26.
- El proyecto de vida: la santidad
- "Cuando mi abuela nos contaba la vida de nuestro abuelo....."
- Un líder que no buscaba protagonismo
- El momento más estremecedor
- Eucaristía, amor a la Iglesia y la familia
Mons. Arturo Ros, obispo de Santander,
en la clausura de las XIV Jornadas martiriales.
El obispo de Santander, ante la tesitura de dar testimonio, fe pública, de la vida y del martirio de su abuelo, Arturo Ros Montalt, hoy beato declarado por la Iglesia Católica.
El proyecto de vida: la santidad
Comenzó la sesión con la oración por la intercesión del beato. Sencilla. Al grano. Con unas fichas escritas a mano, don Arturo se refería a su abuelo, en los inicios de la conferencia, en tercera persona, ese “se” impersonal que a medida que fue avanzando se convirtió en un “nosotros” absolutamente propio y apropiado.
Desde el inicio, el obispo dejó claro que «el proyecto de vida de Arturo Ros fue la santidad». Y también, desde muy pronto, monseñor Ros tuvo el acierto de pedir una voz prestada, la de su abuela, María Llopis, esposa del mártir, fallecida a mediados de los ochenta del siglo XX.
Qué mejor voz que la palabra de quien se convirtió, para la familia y para la historia, en el sagrario de esa santidad como vocación y del martirio de su marido como testimonio.
"Cuando mi abuela nos contaba la vida de nuestro abuelo....."
«Cuando mi abuela nos contaba la vida de nuestro abuelo era totalmente creíble, incluso visible. Una y otra vez lo que decía y repetía siempre lo hacía y repetía igual», apuntaba don Arturo.
El matrimonio entre Arturo y María tuvo seis hijos, el último no llegó a conocer a su padre. Cuando se produjo el martirio de Arturo, María tenía avanzado el embarazo. Ese hijo fue el sacerdote Honorato, que llegó a ser rector del Seminario de Valencia.
Cuenta el obispo de Santander que el parto del último hijo, en la circunstancia ya de la trágica ausencia del padre, fue complicado. El médico llegó a pensar si tenía que decidir entre la vida de la madre o la del hijo. Entonces María se dirigió a su marido: «Si estás en el cielo, ayúdame». Y, contaba la abuela: «Entonces, lo vi allí, a mi lado, estaba allí. Y nació el niño».
La voz de la abuela de don Arturo se convirtió, por tanto, en la gran protagonista de la sesión. Una palabra de mujer fuerte, de mujer bíblica. A veces daba la impresión de que, cuando el obispo de Santander recordaba sus conversaciones con su abuela, el valenciano allí reproducido tenía voz y tono femenino.
Un líder que no buscaba protagonismo
El proyecto de santidad del mártir, un líder «que no buscaba el protagonismo», se hizo con la mística de la oración, con el compromiso en la Legión católica y, después, como fundador de la Acción Católica en Vinalesa; y se traducía en la entrega a la familia, a la Iglesia y en la actitud de servicio público, que ejerció un tiempo como concejal en el Ayuntamiento y, sobre todo, en su trabajo como administrador gerente de la cooperativa rural.
El momento más estremecedor
Pero llegó el momento más estremecedor e impactante de la intervención del obispo de Santander.
Aclaró que, para no desviarse, iba a leer lo que su tío, el sacerdote Honorato Ros Llopis, había escrito y publicado sobre la muerte de su padre. Comentó después que, cuando lee la pasión del Evangelio de san Juan, le suena cercano aquel «¿A quién buscáis?»:
«Llamaron a la puerta a altas horas de la noche, ya casi en la madrugada del 28 de agosto. María, su esposa, preocupada, tuvo la intención de abrir ella la puerta. Saltó de la cama y se dispuso a vestirse de prisa. Arturo se le adelantó. Ella quedó asomada a la puerta entreabierta del dormitorio. Abrir la puerta de la calle y abalanzarse rápidamente sobre él, todo fue una misma cosa. Lo maniataron. Arturo, muy tranquilo, trató de hacerles reflexionar para que desistieran y cambiaran sus intenciones. Ya en la calle, trascurrieron breves instante junto a la ventana de la habitación durante el entrecortado e imposible diálogo. La sentencia estaba echada. Luego se lo llevaron… once coches formaban la caravana. Arturo iba en el segundo, según recordaba Rafael Rodrigo… Arturo, una vez subieron al coche los otros compañeros, les hizo una breve reflexión sobre su suerte inmediata y que era el momento de prepararse para ello. “Vamos a recibir el bautismo de sangre”».
Un silencio sagrado se hizo en la sala. Y no solo por la palabra quebrada.
Y siguió leyendo el obispo de Santander: «¡Que no lo busquen, que no lo encontrarán!, dijo la tía Casimira en la carnicería del tío “Triero”. Ella fue la primera que corrió la voz en el pueblo: que a Arturo lo habían echado a un horno de cal encendido. Y así fue transmitido su final hasta el día de hoy».
Mons. Arturo Ros, obispo de Santander,
junto al profesor de filosofía Antonio de los Bueis,
co-organizador de las jornadas.
Eucaristía, amor a la Iglesia y la familia
«Su alimento siempre fue la Eucaristía, la pasión por Cristo la alimentaba en la Eucaristía. Iba a la localidad cercana, cuando no había Adoración Nocturna en nuestro pueblo. Y, junto con la Eucaristía, la corona que le acompañó fue el amor exquisito a la Santísima Virgen María, a la Virgen del Rosario, advocación patrona de nuestro pueblo».
«Tres enseñanzas -apuntó monseñor Ros- nos transmitió la abuela María a la familia: “la Eucaristía, el amor a la Iglesia que se convierte en pasión, y la familia”».
En lo referido a la familia, monseñor Arturo Ros abrió el corazón a lo que había sido la experiencia del perdón y la reconciliación que su abuela había transmitido. El penúltimo testamento de su marido fue decirla y repetirla «Daos prisa en perdonar».
Tres obispos hay en España con familiares víctimas de la persecución religiosa: don Jesús Pla Gandía, don Gabino Díaz Merchán, y, entre nosotros y con nosotros, don Arturos Ros Murgadas.