Tribunas
26/10/2026
Un día corriente
Ernesto Juliá
“Sonreír con la alegre tristeza del olivo,
y esperar, no cansarse de esperar la alegría.
Sonriamos, doremos la luz de cada día
en esta alegre triste vanidad de ser vivo”.
Miguel Hernández es un gran poeta, no cabe duda. En estos cuatro versos yo sólo cambiaría las palabras “triste vanidad”, porque el vivir del hombre, que es participar de algún modo en la vida de Dios, no es una “triste vanidad”, no es algo carente de sentido, superfluo, inútil, de lo que se pueda prescindir. Vivamos como vivamos, en nuestro vivir somos.
Es un claro signo de cansancio intelectual, anímico, espiritual, como un final de civilización, refugiarse en el “absurdo de vivir”, en la “carencia de horizontes para el hombre”, en el viejo “ser para la nada”, del que hasta el mismo Sartre no encontró otra escapatoria que renegar, después de haberlo enarbolado como banderín de enganche para la juventud que le rodeaba.
Cualquiera de nosotros renegaría, sencillamente, por la propia rebeldía del mismo ser de cada hombre, a que se le considere un “absurdo” cuando descubre que ama, llora, sufre, se alegra, vive la amistad y el sacrificio por los demás. ¿cómo pude provenir de un “ser nada”, la caricia de la madre al hijo recién nacido, la conmoción del espíritu ante la muerte de un ser querido?
Quizá quienes se paren en la “nada del vivir” no llegan nunca a apreciar el sabor y la riqueza escondida que traen los días. Anhelan encontrar su sentido en grandes gestas, en espectaculares triunfos del hombre sobre la naturaleza, sobre las fuerzas del mundo; y, ante el aparente ritmo monótono de los acontecimientos, acaban por negar la belleza y el valor de lo que cada mañana presenta ante sus ojos.
El cotidiano vivir es la única realidad definitiva de la que el hombre dispone, y a la que tiene que sacar partido para llegar a un entendimiento y amistad con Dios, y realizarse a sí mismo. Y para esto, subrayaría el tercer verso de la poesía de Miguel Hernández: “Sonriamos, doremos la luz de cada día”.
Reconozco que, para mí, cada día viene a ser un descubrir toda la Creación. Y no sólo; comprendo, y como cristiano, procuro vivirlo, el año litúrgico con sus cadencias de Adviento, Navidad, Cuaresma, Pasión, Resurrección, Pentecostés, y el tiempo ordinario. He de confesar, también, que cada día deseo sea para mí, y para todos, un vivir el Nacimiento, la Pasión y la Resurrección de Cristo, por entero y en unidad.
Me parece una desgracia, y un empobrecimiento del espíritu, dejar transcurrir los días corrientes en un insípido anonimato, en espera de vestir las mejores galas en los días de renombre particular.
Hasta el día menos luciente trae consigo una sonrisa, un saludo que conforta el alma. Dios no espera los cielos azules y claros, el zénit del sol, para acercársenos. Volver a levantarnos cada mañana es ya un triunfo que nos hace amar la nueva jornada, que nos robustece y nos empuja a caminar. “Año nuevo, vida nueva”, dicen algunos al avecinarse el cambio del calendario y resumir así en aire de buen propósito, los años trascurridos. No habrá año “nuevo” si no es “nueva” cada jornada.
“Sonriamos, doremos la luz de cada día”. De esos días en los que nos cuesta levantarnos y acostarnos; en los que trabajamos y servimos a los demás esforzándonos como si fuéramos siempre cuesta arriba. La luz de esos días que parecen no levantar un palmo de la faz de la tierra y que, sin embargo, son ya, en un cierto modo, un caminar en las veredas del Cielo.
Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com