Tribunas
06/10/2026
La vida futura
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
Miguel de Unamuno.

En febrero de 1936, Miguel de Unamuno fue al cine en Londres con H. G. Wells. Vieron Things to Come, «La vida futura», una película escrita por el propio autor de La guerra de los mundos. Días después, Unamuno contó la velada a sus hijos en una carta. Había cenado con Wells, habían ido juntos al cine y el tiempo, aunque nublado, le había parecido excelente. Noventa años después, la Universidad de Salamanca ha localizado aquella carta en el archivo de la Casa Museo Unamuno. El documento confirma un encuentro del que hasta ahora sólo se tenían indicios.
La escena tiene una perfección que ellos no podían advertir. Dos hombres que habían pensado largamente sobre el destino de Europa se sientan a contemplar «La vida futura» pocos meses antes de que España se precipitara en la guerra y el continente comenzara a preparar la suya. Ellos miraban hacia el porvenir; nosotros los miramos desde él.
Pero lo más emocionante de la noticia no es que Unamuno fuera al cine con Wells. Es que se lo contara a sus hijos. No estaba redactando sus memorias ni dejando constancia de un acontecimiento para los investigadores del mañana. Escribía una carta familiar. Unas pocas líneas destinadas a personas concretas han terminado por devolvernos una noche perdida. La historia no siempre sobrevive en los grandes discursos. A veces cabe en un sobre.
¿Qué podrá saber de nosotros alguien dentro de noventa años? Nunca una generación había documentado tanto su existencia. Fotografiamos lo que comemos, registramos los lugares que visitamos y confiamos a la nube una cantidad de recuerdos que ninguna memoria humana podría sostener. Dejamos constancia de cada cumpleaños y cada viaje con una diligencia que habría agotado a los cronistas de Indias. Y, sin embargo, no está claro que estemos dejando algo.
Una carta podía perderse, pero también podía encontrarse en un cajón. De nuestros mensajes se dice que permanecerán para siempre en Internet. Quizá sea verdad. El problema no es que desaparezcan, sino que queden sepultados entre millones de archivos. Puede que todo permanezca y que, aun así, nadie sepa qué merece ser rescatado.
No es que antes todo resultara más profundo ni más seguro. También se escribían cartas triviales y se quemaban fotografías en las chimeneas. La diferencia es que había que escoger. El espacio era limitado, el papel no admitía una conversación infinita y el destinatario no estaba permanentemente disponible. Había que decidir qué contar y cómo contarlo. La escasez daba al recuerdo un contorno. Ahora podemos guardarlo todo sin tener que elegir, pero la memoria no consiste en acumular. Necesita olvidos, silencios y escribir para que una tarde cualquiera deje de serlo.
Tal vez por eso aquella carta todavía nos habla. Nosotros probablemente nos habríamos hecho una fotografía con Wells, grabado la entrada al cine y publicado una valoración antes de que terminaran los títulos de crédito. Habrían quedado muchas pruebas de que estuvimos allí. No sabemos si habría quedado aquella noche.
La película se titulaba «La vida futura». Puede que la nuestra dependa menos de la cantidad de huellas que dejamos que de si alguna logra convertirse en recuerdo. El siglo que viene, alguien podría saber cuántos pasos dimos y qué compramos. Pero quizá daría toda esa información por encontrar una frase en la que le dijéramos, sencillamente, que el día estaba nublado y había sido excelente.