Tribunas

¿Cincuenta años sin política católica o sin políticos católicos influyentes?

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Olegario González de Cardedal.

 

 

 

 

El 6 de diciembre de 1978 el pueblo español ratificó en referéndum la Constitución Española. La primera victoria del PSOE se produjo el 28 de octubre de 1982.

La pregunta es muy sencilla. ¿En qué momento de nuestra reciente historia se puede decir que los católicos que estaban en política, por no decir los políticos católicos, dejaron de influir en las políticas públicas de forma decisiva y significativa?

Es innegable que durante lo que entendemos por Transición política sí hubo políticos, que se consideraban católicos, que hicieron posible un corpus normativo que estaba relacionado con, digámoslo, el humanismo cristiano.

Es cierto que no hubo un partido demócrata-cristiano en la Transición política, de implícita confesionalidad, ni apoyo eclesial, por no decir episcopal.

No negaré, ni mucho menos, que desde el advenimiento de la democracia no haya habido políticos, en los más diversos partidos, que se confiesen católicos. Hasta hoy, que los hay y no sólo de la “secreta”.

Lo que afirmo es que lo católico, en la política española, ha dejado de ser una fuente de inspiración de políticas públicas y una línea trasversal; que la dinámica de privatización de la fe sigue operativa; que la confusión sobre lo católico en la política sigue operativa; que la influencia de los católicos en los partidos, instituciones necesarias en nuestro sistema, ha perdido influencia; y que desde hace mucho tiempo, demasiado, no ha habido una serie de legislaciones que se pudiera decir estaban conformadas o ahormadas por el humanismo cristiano.

Es evidente que estoy hablando de la política nacional, no de la autonómica, ni de la municipal.

Ojo, que esto se puede afirmar, en mayor o menor medida, tanto de los Gobiernos socialistas, que han introducido legislaciones antropológicamente incompatibles con la propuesta cristiana, como de los Gobiernos del PP.

Podríamos recordar el caso de la propuesta de reforma legislativa del aborto de Alberto Ruiz Gallardón que le costó su cartera ministerial.

Igual es que llevamos casi cincuenta años sin católicos en política. Y digo cincuenta o cuarenta. Mucho tiempo.

Fue en abril de 1986 cuando los obispos españoles miembros de la Comisión Permanente, por encargo de la Asamblea Plenaria, hicieron público un documento titulado “Católicos y Vida Pública” que, tengo que decirlo, está de plena actualidad.

Se podría decir que ya en 1986 a los obispos les ocupaba y preocupaba esta cuestión.

El teólogo Olegario González de Cardedal, en su libro “Ciudadanía y cristianía. Una lectura de nuestro tiempo”, recuerda el rechazo del cardenal Tarancón y de la Conferencia Episcopal Española a apoyar un partido democratacristiano tal como lo presentó Ruiz Jiménez en la Transición.

Leemos: “No se trató entonces de un rechazo fundamental a un partido católico por principios o exigencias de la doctrina social católica sino como expresión concreta de la manumisión que daba la Iglesia a todos sus hijos a elegir libremente y ejercitar la responsabilidad política. (…) La posibilidad de tal partido debe ser afirmada, ya que lo contrario equivaldría a firmar que la política es impermeable a los criterios cristianos, que el cristianismo es políticamente insignificante o que el testimonio cristiano solo puede nacer de la afirmación individual y no desde un grupo que pone en juego su libertad y solo de manera parcial implica a la Iglesia en cuanto comunidad de salvación escatológica”.

Por último, en esta reflexión, ¿Dónde se sitúa VOX y los católicos en y de VOX ante esta cuestión? ¿Qué va a pasar en un futuro con el PP gobernando con VOX? ¿Van a seguir siendo lo católicos del PSOE una corriente que más parece una reserva india? Eso en el caso de que quede algo del PSOE real en un futuro.

Por cierto, que cuando hablo de política pública inspirada en lo católico me refiero a una concepción integral de lo católico, por tanto sin fracturas en la relación entre lo antropológico con lo económico-político.

 

 

José Francisco Serrano Oceja