Tribunas

El Informe PISA y la Escuela Católica

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Nuno Crato.

 

 

 

 

Cuando se publicaron los resultados del último Informe PISA en España inmediatamente pensé: ¿qué responsabilidad tiene en este anunciado fracaso colectivo la denominada Escuela Católica?

Sin pretensión de exactitud, cuando hablamos de la Escuela Católica en España estamos hablando de millón y medio de alumnos en 2.548 centros católicos. La enseñanza del Estado vendría a representar el 67,3 por ciento del sistema; la concertada, sostenida, en parte, con fondos públicos, el 25,4 %; y la privada, sin fondos públicos, el 7,2 por ciento.

Lo católico, como adjetivo a Educación, debe ser también una apuesta por la calidad.

Si hay una política de Estado que cualquier Gobierno que se precie debiera cuidar es la que se refiere a la educación de las nuevas generaciones. El futuro de una sociedad se juega ahí.

No hay que olvidar, y más con los resultados del reciente Informe PISA para España, que uno de los factores determinantes que genera desigualdades sociales es la educación.

No creo que deba poner muchos ejemplos para entender que, si de verdad un Gobierno se preocupa por las políticas sociales, la primera de ellas es la de una educación de calidad para todos. Así no se generarán brechas educativas, ni sociales.

Una educación para todos significa garantizar el acceso a la Escuela, según la concepción de la educación de los padres, pero a una Escuela de calidad, que no es sólo la que cuenta con recursos tecnológicos. Cada vez más nos encontramos ante una realidad que parece no queremos ver.

No pocas de las interpretaciones que se han hecho de los pésimos resultados del Informe PISA para España se han enfocado hacia los perjudiciales efectos que la tecnología está produciendo en las nuevas generaciones.

Recuerdo por cierto haber escuchado a varios líderes de la Educación Católica apostar a fondo, y los primeros, por la desaparición del libro, del cuaderno, de lo que tiene que ver con la lecto-escritura de las aulas en pos de las pantallas.

De hecho, no pocas editoriales de libros escolares se han tenido que trasformar a pasos agigantados, en el mundo católico, entre otras razones por esa pretensión de ser los primeros en eliminar el texto y lo que significa el texto en el sistema educativo.

Pues ahí tenemos los resultados, que no voy a repetir porque están en la mente de todos.

Mientras intentaba dar una respuesta adecuada a mi pregunta, leí en “Nueva Revista” un artículo síntesis de la investigación sobre los resultados históricos de PISA de Nuno Crato, que fue ministro de Educación de Portugal.

En su texto se señalaba, por ejemplo, que tiene una particular incidencia en los resultados la cuestión de “las competencias (o capacidad de desplegar componentes cognitivos y sociales para resolver problemas prácticos) en el plan de estudios. Estas han cobrado últimamente protagonismo frente a los conocimientos, hasta el punto de que algunos sugieren que deberían ser el principal objetivo. Lo cual, señala Nuno Crato, es una actualización del utilitarismo decimonónico de Herbert Spencer combinada con la importación a las aulas del concepto de competencia de la literatura empresarial.

Sin negar la importancia de relacionar materias y conceptos con los problemas de la vida real, el autor constata un hecho de la experiencia: los países que hicieron de las competencias el hilo conductor del diseño curricular se enfrentan ahora a graves problemas educativos; y al revés, los que mantuvieron planes de estudio bien organizados y basados en el conocimiento están obteniendo excelentes resultados en las pruebas PISA, por ejemplo varios países asiáticos, punteros en educación”.

Nuno Crato ofrece diez conclusiones para lograr que un país mejore los conocimientos y destrezas de sus estudiantes, reflejados en los informes de PISA. También sirven para la Educación Católica.

Los dejo aquí:

— Es necesario un plan de estudios con objetivos educativos claros;

— el plan debe ser ambicioso y exigente;

— regido por criterios de coherencia;

— se debe potenciar el nivel del estudiante, sin dejar de prestar atención a los que tienen bajo rendimiento;

— la pedagogía es importante: debe lograrse el equilibrio entre la innovación de nuevos enfoques y los métodos básicos de eficacia demostrada;

— es crucial la evaluación, frecuente y fiable, verificando los objetivos de aprendizaje y disponiendo de un sistema independiente de exámenes;

— es imprescindible cuidar la formación de los docentes, mediadores y agentes esenciales del sistema educativo;

— es preciso informar a la opinión pública, para que la sociedad se involucre en la apuesta por mejorar el rendimiento educativo;

— lo esencial, en cualquier caso, es el progreso de los estudiantes, empezando por su desarrollo cognitivo, e incluyendo sus destrezas y aptitudes;

— y, finalmente, las políticas educativas no deben valorarse tanto por sus intenciones, como por los resultados de los estudiantes”.

 

 

José Francisco Serrano Oceja