Tribunas

León XIV. la Liturgia. (II)

 

 

Ernesto Juliá


León XIV durante la Santa Misa de la Vigilia del Sagrado Corazón de Jesús
en el Estadio de Gran Canaria. 11 de junio de 2026.

Foto: Alejandro M. Barrosa/Acfi/ Europa Press.

 

 

 

 

 

Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Cristo nos invita, y de alguna manera nos manda, que vivamos nuestra vida cristiana centrada en lo que Él acaba de celebrar en presencia de los Apóstoles: la Institución de la Eucaristía, la Santa Misa. La Misa es, en verdad, “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen Gentium, 11).

Durante dos mil años la Iglesia ha ido viviendo este mandamiento del Señor, siempre en unión con Él, y siendo a la vez, bien consciente, de que los fieles han de participar y vivir con toda devoción los Misterios que tienen lugar en el desarrollo de los ritos que se suceden a lo largo de la celebración eucarística.

León XIV ha querido cerrar su catequesis sobre la liturgia, precisamente recordándonos la necesidad de que todos los fieles y sacerdotes, participemos activamente en los Misterios que estamos viviendo.

“La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de Fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprenda a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo, mediador en la unión con Dios y entre sí” (SC, 48).

A estas palabras del Concilio Vaticano II, el Papa añade un comentario insistiendo en la necesidad de la participación activa de todos:

“Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento salvífico. Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva” (26-agosto-2026).

En la Misa hay una oración, un rito, en el que el sacerdote se dirige a los fieles, y les recuerda el gran Misterio que están celebrando, con estas palabras: “Orad, hermanos, para que este vuestro, sea agradable a Dios,  Padre Todopoderoso”.

¿Somos conscientes de que en la Misa estamos ofreciendo a Dios Padre, el sacrificio redentor de Dios Hijo, Jesucristo, y estamos haciendo ese ofrecimiento dejando vivir en nosotros al Espíritu Santo?

De alguna manera, viviendo la Misa “por Cristo, con Cristo, en Cristo”, todos morimos a nosotros mismos, damos sentido a todo lo que pueda suceder en nuestras vidas, sufrimientos, penas, alegrías, ... y viviendo la Resurrección de Cristo –la Eucaristía es el cuerpo vivo de Jesús-, comenzamos a vivir nuestra propia resurrección.

“El rito da forma a la acción litúrgica y, a través de ella, a nuestra vida, generando en nosotros una sensibilidad espiritual que nos hace capaces de saborear la presencia de Dios por medio de Jesucristo. Naturalmente eso sucede si nosotros no nos quedamos al margen o como espectadores mudos respeto a la liturgia, sino que participamos con todo nuestro ser –cuerpo, mente, corazón-, en obediencia al mandato del Señor. A través del sagrado rito nos formamos en la escucha de la Palabra de Dios, en la acción de gracias y en la adoración, en el hecho de compartir de forma fraterna y en la comunión eclesial. Descubrimos que somos una asamblea de muchos rostros, reunida por la misma fe” (3 junio 2026).

Para que podamos vivir así la Santa Misa, el Papa nos recuerda que no pretendamos, como ya señalamos en el artículo anterior, inventarnos ritos y ceremonias no previstas por el Magisterio de la Iglesia, y ahora insiste, señalando:

“La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos que se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma”.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com