Tribunas
31/08/2026
La velocidad del vivir
Ernesto Juliá
Fieles rezando ante el Santísimo

Los hombres y las mujeres de nuestra época nos hemos acostumbrado a viajar, a movernos de un lugar a otro, a velocidades poco acordes con la naturaleza que Dios nos ha donado. Tengo la impresión de que forzamos demasiado las cosas, y que nos trasladamos de un continente a otro casi sin tiempo material de saborear el cambio de atmósfera, y podemos acabar pensando que somos como una de esas partículas que sirven para hacer experimentos en un buen acelerador de velocidad.
Y no sólo esto. El Ave, el Talgo, el avión, los coches de alta cilindrada, por no hablar de cohetes, satélites y naves espaciales, nos han abierto horizontes de velocidades insospechadas que han desarticulado, de alguna manera, nuestro normal modo de situarnos ante el tiempo, y de medir el correr de las horas: y nos han hecho caer en la tentación de aplicar esas medidas de velocidad no sólo a los viajes, sino a cualquier actividad del hombre.
Solo cuando nuestro organismo se viene abajo –porque no es de todos el saber y el querer, controlarse- comenzamos a darnos cuenta de que nos conviene retomar el ritmo normal del andar humano, tal como Dios lo ha pensado al crearnos. Y precisamente para evitar llegar a esos extremos, es muy de agradecer encontrarse en nuestro camino, de vez en cuando, el trote pausado de un coche de caballos -donde todavía se puedan ver, como en Sevilla-, una procesión, un atasco, un coche que marcha lento, quizá con el límite de velocidad marcado para ese tramo de la avenida, o cualquier otro obstáculo que nos obligue a bajar velocidad.
Quizá habíamos soñado que toda la ciudad estaría expedita y abierta para que pudiésemos atender nuestras citas y resolver nuestros intereses; y nos enfadamos cuando nos damos de golpe con esos obstáculos. En vez de enfadarnos, pienso que nos tendríamos que quedar agradecidos. Esos obstáculos nos obligan a ir a un ritmo en el que nosotros somos los dueños del tiempo, y no sus esclavos. Fijamos las condiciones de nuestro vivir, y no nos quedamos pasivamente a merced de lo que va pasando.
En esa andadura nuestra cabeza está más reposada, y consigue hilvanar dos pensamientos con un poco de paz; y alcanza también sacar alguna conclusión útil para el cotidiano vivir. Y no sólo nuestra cabeza; también se beneficia nuestra voluntad: a esos ritmos no se siente bajo ninguna presión de estar siempre obligada a decidir sin el menor sosiego, y sin tener una perspectiva adecuada de las cosas.
En realidad, esos pequeños parones en el ritmo de nuestro vivir, nos ayudan más de lo que pensamos. Todos sentimos la necesidad de pararnos un poco y pensar, serenamente, sobre nuestra vida. A veces el pensar resulta una carga pesada y exigente, y nos refugiamos en el que estamos yendo “a toda velocidad”, para eludir los compromisos; para retrasar hablar con algún amigo que nos ha pedido nuestro parecer sobre un problema que le abruma; o para entrar en una Iglesia y hacer un rato de oración ante Jesús en el Sagrario.
De verdad, vale la pena regular, de vez en cuando, la velocidad de nuestro vivir. Así, descubriremos que los demás nos necesitan, y que nosotros necesitamos a los demás; descubriremos la alegría de ser amigos de alguien y de descubrir la confianza que alguien tiene en nuestra amistad. Y nos daremos cuenta del bien que nos hacen nuestros amigos, y el bien que nosotros le podemos hacer a ellos, preocupándonos de sus problemas, como ellos se cuidan de los nuestros. Estamos hechos para el diálogo con Dios y con los hombres; y no para el monólogo con nosotros mismos.
Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com