Opinión
15/07/2026
Los invisibles tatuajes del corazón
José Antonio García Prieto Segura
Símbolo del amor a una madre llamada María del Mar.

De nuevo traigo a colación los tatuajes que frecuentemente vemos por todas partes. Hoy vuelven a mi memoria por algo que me sucedió hace un año exactamente. Era el 16 de julio y había publicado un artículo que titulé: “Virgen del Carmen: Estrella del mar y luz de esperanza”. Además de su difusión personalizada en mis redes de amigos, al salir a la calle llevaba algunas copias impresas para otros que no acceden a internet.
Tomé un autobús y, ¡cuál no sería mi sorpresa!, que subió junto a mí una persona de mediana edad en cuyo antebrazo llevaba un vistoso tatuaje Representaba un corazón entre olas y atravesándolo de parte a parte, una cinta con esta inscripción y letras todas en mayúscula: “MARÍA DEL MAR”. No daba crédito a lo que veían mis ojos. Nos sentamos juntos y no pude menos que comentarle mi asombro. Le enseñé el artículo que acababa de publicar y amablemente le pregunté por esa curiosa coincidencia con su tatuaje porque, al parecer, nos referíamos a la misma persona.
Yo, hablando del amor a la Virgen María, patrona de la gente del mar en su advocación de El Carmen, y él, según me confió con toda sencillez, llevaba aquel tatuaje por su madre. Se llamaba María del Mar y había grabado su nombre como muestra de cariño. Espontáneamente le regalé un ejemplar del artículo y él me permitió hacer una foto de su tatuaje.
El amor de una madre de la tierra y el de una Madre del Cielo, se dieron cita inesperada en el autobús. Y es que el latir trascendente con que el Creador ha sellado nuestro corazón y todas las realidades terrenas, a modo de tatuaje invisible, hace que se den esas sencillas armonías. En este caso, fue la nota sinfónica del amor por las madres, la que originó y estuvo presente en semejante coincidencia. Comprobé una vez más que todo lo humano limpio enlaza con lo divino.
Se comprende por eso que Jesucristo para hablarnos de las excelsas realidades del Reino celestial -del amor divino al que nos llama-, tome como apoyo de sus parábolas tantas realidades de esta vida que implican y apuntan a una trascendencia: desde la eficacia oculta en un granito de trigo para transformarse en espiga granada si muere al ser sembrado, hasta el gozo de los invitados a las bodas del hijo de un rey del que habla en otra parábola.
Ahora, recordaré la huella capital que el amor de Dios ha dejado impresa en el corazón de toda persona. Aquella realidad que expresó san Agustín con su célebre pensamiento: “Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confes. I, 1).
El anhelo de felicidad que todos experimentamos y que late en nuestro corazón, responde a la sed de amor que Dios ha impreso en toda persona al crear su alma inmortal. Vendría a ser como un tatuaje divino invisible. Muchos antiguos tatuajes se debían al deseo de señalizar con esa marca en la piel, la pertenencia de esa persona a quien había ordenado el tatuaje. Era como un signo de propiedad.
Esto es completamente inadmisible entre las personas porque repugna a su dignidad; de ahí que estuvieran prohibidos en el pueblo de Dios porque obedecían a prácticas paganas. Como leemos en el Levítico 19, 28: “No os haréis incisiones en vuestra carne, ni imprimiréis en ella figura alguna”.
Por el contrario, cuando la dignidad de toda persona se asienta, como así es, en el amor creador de Dios, bien podemos decir que le pertenecemos como fruto de su amor. Somos tan suyos que el profeta Isaías pone en labios de Dios estas palabras: “Mira: te he grabado en las palmas de mis manos” (Is 49, 16). Estaban dirigidas al pueblo escogido, pero son aplicables a cada persona; y de modo más pleno todavía al cristiano. Las manos de Dios Padre que metafóricamente se refieren a su Hijo y a su Espíritu, son el medio por el que con su amor nos abraza de modo inefable en el bautismo. En este sacramento Dios Padre imprime la imagen divina de su Hijo eterno, sellándola en todo nuestro ser con el amor del Espíritu.
En todo bautizado es tan impresionante esa pertenencia a Dios por el tatuaje espiritual y divino, que san Pablo escribe a los primeros cristianos: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (…) ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor. 6, 15.19.20).
En nuestros días, san Juan Pablo II recogerá el lenguaje metafórico de Isaías y el teológico de san Pablo para decir a todos, aunque lo hiciera a través de los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud: “Queridos jóvenes, Dios os ha amado primero, acoged su amor. Permaneced firmes en esta certeza, la única que da sentido, fuerza y alegría a la vida (…) Ha tatuado vuestro nombre en las palmas de sus manos (cf Is 49, 16)” (Jornada Mundial de la Juventud, 6-I-1999). Somos, pues, seres sellados por su Espíritu y en su Hijo.
Para cerrar estas reflexiones vuelvo al encuentro con mi compañero del autobús y su tatuaje. Al margen de gustos estéticos sobre esta práctica, cuando los motivos de fondo para llevarlos son fruto y expresión de nobles razones, bien cabe su alabanza. En el caso de los cristianos y en un nivel superior, los tatuajes espirituales que llevamos piden que los manifestemos a las claras y sin temor. No con incisiones epidérmicas, sino como escribe san Pablo: glorificando a Dios con una conducta que muestre que somos suyos.
A fin de cuentas, se trata de manifestar con hechos las luces divinas con que el Padre nos ha tatuado, y poner en práctica el mandato de Jesús: “Brille así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).
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