Opinión

Un mes después

 

José María Alsina Casanova


Vigilia en Montjuic.

 

 

 

 

 

Ayer recibí una encuesta de la organización de la visita del Papa a España del pasado mes de junio. No soy muy dado a responder encuestas, pero en esta ocasión quise dedicarle unos minutos. Todo lo que sea aportar mi grano de arena, en agradecimiento por lo que pudimos vivir, me parece poco.

Es fácil detenerse en las limitaciones o los errores de un acontecimiento de estas dimensiones. Sin embargo, también es de justicia reconocer el inmenso trabajo realizado en tan poco tiempo y los abundantes frutos que produjo. Aquella sencilla encuesta se convirtió para mí en una invitación a hacer memoria agradecida. Aquellos días pasaron, como escribía en una columna anterior, como una brisa suave que alivió el peso del camino y dejó tras de sí un aire nuevo de esperanza.

Me propuse releer los mensajes del Papa y sigo haciéndolo. No quiero que sus palabras se reduzcan al impacto del momento. Intento meditarlas y dejar que la gracia recibida eche raíces, porque algunas palabras solo despliegan toda su fuerza cuando el ruido de los acontecimientos ya ha pasado.

Son muchos los recuerdos que vuelven a mi memoria. Hay uno, sin embargo, que quisiera compartir. En la concelebración de la misa del Papa en la plaza de Cibeles coincidí con una joven responsable de la pastoral de juventud de la archidiócesis de Barcelona, que me invitó a unirme al grupo de sacerdotes que ofrecerían el sacramento de la reconciliación durante la Vigilia de Montjuïc. Acepté encantado.

El día de la Vigilia llegué con el tiempo justo y ya no pude ocupar el lugar reservado para los confesores en las gradas. Me dirigí a la pista y, para mi sorpresa, comenzaron a acercarse numerosos fieles, especialmente jóvenes e hispanos. Durante una hora y media, hasta la llegada del Papa, no dejé de confesar. Muchos se confesaban después de años alejados del sacramento y más de un penitente me decía: «Padre, quiero tener el corazón limpio para escuchar de verdad lo que hoy nos diga el Papa».

Aquella frase se me quedó grabada. En un tiempo en el que con frecuencia se afirma que el sacramento de la penitencia ha perdido vigencia, contemplar aquella larga fila de jóvenes esperando para reconciliarse con Dios era una auténtica catequesis. Más tarde supe que, por megafonía, la organización había animado a acercarse al sacramento y que numerosos jóvenes indicaban dónde podían encontrarse los sacerdotes. Me impresionó su celo apostólico y su deseo de acercar a otros la misericordia de Dios.

Después comenzó la Vigilia, centrada en el misterio de la Cruz. Tuve la gracia de seguirla muy cerca del altar y me conmovieron profundamente los testimonios de los jóvenes y las respuestas del Papa. Mientras los escuchaba, pensaba que reflejaban las mismas heridas, búsquedas y deseos de esperanza que tantas veces aparecen en el confesionario o en la dirección espiritual.

Antes de impartir la absolución al finalizar las confesiones hice siempre la misma recomendación: «Escucha con atención lo que hoy va a decir el Papa. Es muy posible que alguna de sus palabras sea la luz que marque un antes y un después en tu vida». Al escuchar al Papa me consoló pensar que aquella invitación estaba cayendo como semilla fecunda.

Ha pasado ya un mes. El eco mediático se ha apagado, pero la gracia de Dios no entiende de titulares ni de calendarios. La semilla que el Espíritu Santo sembró en aquella Vigilia y a lo largo de toda la visita del Papa seguirá creciendo, muchas veces sin que lo percibamos. Y esa es, quizá, la obra más importante de todas, la que Dios realiza en lo profundo de nuestro corazón inquieto.