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Por qué León XIV veranea en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo que Francisco convirtió en museo: descansar no es un lujo

 

La imagen de León XIV llegando este domingo al Palacio Apostólico de Castel Gandolfo marca mucho más que el inicio de unas vacaciones. Prevost ha decidido recuperar una tradición centenaria que Francisco decidió interrumpir por coherencia con su estilo de pontificado.

 

 

 

06/07/26 | Zenón de Elea


 

 

 


El Santo Padre desde el balcón
del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo
(@Vatican Media).

 

 

 

El Papa León XIV inició ayer domingo 5 de julio sus vacaciones en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, el histórico lugar de veraneo de los papas, que Francisco convirtió en museo y nunca utilizó para su descanso estival.

El Palacio Apostólico no es Villa Barberini, donde va cada martes a descansar, sino las estancias que ocuparon papas como Juan Pablo II o Benedicto XVI. Ambos encontraron en Castel Gandolfo un lugar adecuado para combinar descanso, reflexión, oración y trabajo, lejos del ritmo incesante del Vaticano y el calor sofocante de Roma.

Sería un error interpretar la decisión de León XIV como una vuelta al lujo o a los privilegios. Nada más lejos de la realidad. El ministerio petrino exige una disponibilidad permanente, una enorme carga de trabajo, incontables encuentros, decisiones de alcance universal y una intensa vida espiritual. También el sucesor de Pedro necesita detenerse para cuidar su cuerpo, fortalecer su espíritu y recuperar fuerzas.

El propio León XIV lo explicó con sencillez nada más llegar a Castel Gandolfo. "¡Buenas tardes, buenas tardes, Castel Gandolfo! Gracias. Estoy muy feliz de estar aquí entre ustedes, de poder pasar las próximas semanas descansando un poco, rezando un poco, leyendo un poco y, esperemos, haciendo un poco de deporte aquí, en Castel Gandolfo. ¡Este encuentro es siempre un momento importante!", recoge Vatican News.

No habló de privilegios, sino de descanso, oración, lectura y ejercicio físico. En definitiva, de aquello que cualquier persona necesita para continuar desempeñando con responsabilidad una misión tan exigente como la de gobernar la Iglesia.

Francisco eligió un camino diferente. Desde el inicio de su pontificado renunció a vivir en el apartamento pontificio del Palacio Apostólico del Vaticano para instalarse en la Casa Santa Marta, donde permaneció durante todo su ministerio. Esa misma lógica le llevó a no trasladarse nunca a Castel Gandolfo para pasar las vacaciones.

En lugar de abandonar Roma durante el verano, Francisco continuaba viviendo en Santa Marta. Reducía la agenda pública, suspendía durante unas semanas las audiencias generales de los miércoles y dedicaba más tiempo a la oración, a la lectura, a la preparación de documentos y a las reuniones de trabajo imprescindibles. Era su forma de entender el descanso: cambiar el ritmo, pero no el lugar.

En 2016 dio un paso más y abrió al público el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, la residencia privada de los papas, convirtiéndolo en un museo. Los visitantes pudieron recorrer por primera vez las habitaciones donde habían vivido los pontífices, su biblioteca, la capilla privada, el despacho y otras estancias históricas. Fue un gesto coherente con su deseo de hacer más accesible el patrimonio de la Iglesia y de desprenderse de cualquier signo que pudiera interpretarse como privilegio.

Ahora bien, esa opción personal de Francisco no significa necesariamente que sea el modelo más adecuado para todos los pontífices. Al menos así lo ha entendido Prevost. El descanso no es una concesión ni una comodidad; es una necesidad humana. También para un Papa. Incluso podría decirse que resulta una obligación moral cuando de ese descanso depende la claridad de juicio, el equilibrio personal y la capacidad para seguir sirviendo a más de mil cuatrocientos millones de católicos.

El regreso de León XIV a Castel Gandolfo tampoco supone deshacer la obra de Francisco. Lo que permanece cerrado durante la estancia del Papa es únicamente el Palacio Apostólico, que desde 2016 funcionaba como museo y que ahora vuelve temporalmente a cumplir la función para la que fue concebido: ser residencia del Pontífice durante el verano.

En cambio, continúa plenamente abierto el Borgo Laudato Si', el gran proyecto impulsado por Francisco en las Villas Pontificias. Este espacio de 55 hectáreas, dedicado a la ecología integral, la educación ambiental, la economía circular y la inclusión social, seguirá recibiendo visitantes todos los días de 10:00 a 18:00 horas. De hecho, el propio León XIV ha querido mantenerlo accesible para que todos puedan descubrir "un lugar de oración, de belleza y de cuidado de nuestra casa común".

No hay contradicción entre ambos papas. Francisco legó un espacio abierto al mundo para educar en el cuidado de la creación. León XIV recupera, mientras tanto, el sentido original del Palacio Apostólico como lugar de descanso y recogimiento. Uno puso el acento en la sobriedad; el otro recuerda que cuidar de quien lleva sobre sus hombros el peso de la Iglesia también forma parte de la responsabilidad pastoral.

Quizá esa sea la mejor enseñanza de este verano en Castel Gandolfo: un Papa no deja de servir cuando descansa. Al contrario, descansa precisamente para poder servir mejor.