Tribunas

León XIV. Oda a las familias

 

 

Ernesto Juliá


El Papa en el Congreso de los Diputados
junto a Pedro Rollán, Francina Armengol  y
el Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolin.

Foto: Eduardo Parra / Europa Press

 

 

 

 

 

Ante un Parlamento que ha querido destruir la Verdad sobe la familia, promoviendo leyes contrarias a lo que el Derecho Natural considera una familia: hombre y mujer, unidos hasta la muerte, y abiertos a la vida; León XIV ha hecho una referencia explícita y muy clara a la familia querida por Dios al crear al hombre y a la mujer.

Habló de la familia como el fundamento de toda sociedad civil, y como levadura para el surgir de una nación. En definitiva, la familia es el verdadero cimiento de todo convivir de los hombres sobre la tierra (las frases en cursiva son del discurso ante el Parlamento).

Después de subrayar que: “El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en el “conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (Gaudium et spes, 26), escribe:

“En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad”.

Una sociedad en la que las familias se deshacen; los cónyuges tienen leyes para formalizar una ruptura en cualquier momento; los matrimonios no están abiertos a la vida; los padres se desentienden de la educación humana, moral, religiosa, de los hijos; se reconoce “matrimonio legal” la unión homosexual, etc-, es una sociedad abocada a la muerte, a la extinción.

Hablando a las familias, y recordándoles que Jesús sigue orando al Padre por las familias, León XIV escribió hace un año: “Esa oración del Señor da sentido pleno a los momentos luminosos de nuestro amor mutuo como padres, abuelos, hijos e hijas. Y esto es lo que queremos anunciar al mundo: estamos aquí para ser “uno” tal y como el Señor quiere que seamos “uno”, en nuestras familias y en los lugares donde   vivimos, trabajamos y estudiamos: distintos, pero uno; muchos, pero uno, siempre uno, en cualquier circunstancias y edad de la vida”

“Hermanos, si nos amamos así, sobre el fundamento de Cristo, que es “el Alfa y la Omega”, “el principio y el fin” (cf. Ap 22, 13), seremos un signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No hay que olvidarlo: del seno de las familias nace el futuro de los pueblos” (1 junio 2025),

En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad a la sociedad”.

El ser humano está llamado a vivir años, quiere decir que se mete en una historia que él no construye desde cero, y en la que se encuentra insertado desde pequeño. Todo lo que se aprende en el convivir familiar es un alimento que permite a cada hombre, a cada mujer, situarse en el entorno en el que ha de vivir.

¿Quién no recuerda la profunda alegría de una abuela, al participar en el Bautismo de su primer biznieto?

Si los gobiernos promulgan leyes que pretenden desvanecer la familia, el poder político deja de tener sentido de “servicio”, y de “buscar el bien común”, para convertirse en dictadura tiránica, en “abominación de las abominaciones”.

“Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones”.

Los gobiernos han de aprender a emplear todos los recursos de que disponen, del mejor modo posible pensando en el “bien común” de todas las personas, y ese “bien común” pasa, necesariamente por ayudar a las familias en todo lo que puedan necesitar: vivienda, trabajo, asistencia médica, etc.

Si hay paz en las familias, habrá paz en toda la sociedad. Si se reza en familia, se rezará en sociedad: parroquias, cofradías, procesiones, y caminaremos todos en unión con Jesucristo y su Santísima Madre. ¡Qué alegría he vivido en no pocas ocasiones, al entrar en una casa para bendecirla, al ver un Cristo en la Cruz en cada habitación, y un cuadro de la Santísima Virgen en la sala de reuniones de la familia, Ella que es la Reina de las Familias!

“La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia; recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.

Nuestros padres, al perdonarnos por los errores que podamos cometer, nos están dando una lección de amor y de comprensión, que nos ayuda a saber perdonar, a pedir perdón; en una palabra, a convivir con todos los que nos rodean. Aprendemos a servir a los demás, y a no quedarnos encerrados en nosotros mismo, y dando vueltas en la cabeza a lo que nos pueda herir en las acciones de los demás. En la familia verdaderamente cristiana, se mueren solos el egoísmo y el individualismo.

Y no sólo pedir perdón y perdonar, en las familias aprendemos a cuidar de los otros: padres, hermanos, parientes cercanos y lejanos, saliendo al encuentro de sus necesidades. Matamos todo egoísmo y aprendemos a servir amando a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros parientes: sus triunfos son nuestros triunfos; sus penas y dolores son nuestras penas y dolores; sus alegrías son nuestras alegrías.

La familia es la cuna de nuevas vidas. Los hermanos mayores acogen con corazón grande a los que vienen detrás; las hermanas mayores cubren con alegría el espíritu y el peso de maternidad que una madre –y más en familias de seis, siete, ocho, nueve..., hijos- no siempre encuentra las fuerzas para sostener.

Y, por último, recuerda “el derecho primario e inalienable” de los padres a “elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas”.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com