Tribunas

La Jornada de las Comunicaciones Sociales, sin pena, ni gloria

 

 

José Francisco Serrano Oceja


El Papa León, en el avión papal de camino a África.

 

 

 

 

Es una pena que la única Jornada que celebra la Iglesia que fue pedida expresamente por el Concilio Vaticano II haya pasado sin pena, ni gloria. Me refiero a la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales.

Quizá sea así porque sigue instalada en la Iglesia la concepción de que el mundo de la Comunicación, y sus medios y sus mediadores, son instrumentos para utilizar en función de unos fines determinados.

No digamos nada cuando esos medios están al servicio de intereses personales o de grupo, de la voluntad de poder en vez de la voluntad de verdad. Riesgo que también existe en la Iglesia.

Esa mentalidad de comprensión utilitarista no se ha ido aún del imaginario eclesial, por mucho que los pontífices insistan en que la comunicación y sus medios es en sí mismo un universo con sus leyes, con sus ritmos, con sus dinámicas propias que conforman una cultura.

De ahí que se mida a los medios, incluso a los mediadores, en función de si me sirve o no me sirve, me ayuda o me molesta.

Todavía no hace mucho le escuché a un vicario de una diócesis decir que los periodistas somos un estorbo permanente y no hacemos más que molestar.

No niego que, a veces, ocurra así. Lo que tengo claro es que la persona que dijo eso vive en una realidad paralela y que si lo que dice en el púlpito lo afirma con las mimas claves de fondo, pues apaga y vámonos.

Suelo decir que hay tantas definiciones de comunicación como definiciones de persona. Por lo tanto, la cuestión de la comunicación es una cuestión antropológica, no tecnológica, ni económica, ni política.

Lo ha dicho bellamente el Papa León XIV en su discurso de este año para esta olvida Jornada: “El desafío, por tanto, no es tecnológico sino antropológico. Custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos. Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos”.

Podría, por tanto, preguntar a cualquier interlocutor que entiende por comunicación, que entiende por qué es un medio de comunicación, o un mediador, es decir, un periodista, para saber cuál es su concepción antropológica, social e incluso teológica, si de la comunicación de la Iglesia estamos hablando.

Si la cuestión de la comunicación es antropológica la clave está, incluso para quienes se dedican a la comunicación, en la conformación de un criterio sobre lo que constituye a la persona, y sobre lo que da sentido a la comunicación.

En la comunicación siempre la primera víctima es la verdad sobre la persona. Este abandono del horizonte de la verdad, la verdad sobre Dios, la persona, el mundo, la verdad como cualidad necesaria para la información, es uno de los síntomas más preocupantes de nuestros días. Cuando la verdad se sustituye por los intereses personales o de grupo, o por los medios para ejercer el poder, entramos en la dinámica de disolución de la comunicación y, por lo tanto, de la persona.

 

 

José Francisco Serrano Oceja