Tribunas

La libertad de Argüello y el fin de la cristiandad

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Mons. Luis Argüello en la sesión inaugural
de la 129ª Asamblea Plenaria de la CEE.

 

 

 

 

A medida que iba leyendo el discurso inaugural de la Plenaria de monseñor Argüello, me iba haciendo dos preguntas.

La primera, ¿cómo tiene que estar este hombre para decir lo que está diciendo? La impresión era que lo iba bordando párrafo tras párrafo. Bueno, siempre hay matices, apreciaciones, subrayados, que uno puede pensar que encajan en un sitio o en otro. Pero, en términos generales, “ex abundantia cordis… ”.

La segunda pregunta, recurrente, era un ejercicio de imaginación, digamos, teo-política, como aquel título del libro del teólogo norteamericano de la Radical Ortodoxy, para los que se alarman con los nombres, la teología de lengua anglosajona crítica con los postulados de la modernidad y propugnadora de la vuelta a la sabiduría de los santos padres: ¿Quién además de monseñor Argüello hubiera pronunciado un discurso como éste?

Eso no quiere decir que no hay obispos sentados delante de monseñor Argüello capaces de hacer un discurso como éste. Estaríamos arreglados. Lo que ocurre es que cada tiempo, también eclesial, tiene su hombre. El hoy es de monseñor Argüello.

Entiendo, o al menos, eso cuentan, que los presidentes de la Conferencia Episcopal cuando van a preparar el discurso, porque supongo que lo preparan ellos, suelen tener una conversación previa al respecto con los miembros del Comité o Comisión Ejecutiva. Allí se escucha a todo el que quiera decir algo, también entiendo, porque la verdad es que nunca he asistido a una reunión del Ejecutivo ni como escribiente.

Nadie que forme parte del Ejecutivo puede cruzarse de brazos ante lo que se va a decir porque si hubiera querido decir otra cosa habría tenido la oportunidad de decirla, incluso si no se hubiera planteado el tema.

Es evidente que, si analizamos los discursos de las Asambleas Plenarias en serie histórica, cada Presidente tiene su estilo. Pues he aquí la clave de este pasado parlamento del arzobispo de Valladolid. El criterio rector es la libertad. Si por algo se caracteriza don Luis es por su libertad personal, su libertad de criterio, de pensamiento, por su libertad de palabra y por su libertad de actuación. Una libertad que contribuye a la libertad de la Iglesia.

No es una libertad impostada, ni una libertad de pose, que es sometimiento al lugar común, a la frase hecha, a la última originalidad que se le viene a la cabeza.

No son sus textos un tratado de eclesiología, como eran los de su mentor y maestro, el cardenal Blázquez o aquellos de don Elías Yanes, lector empedernido. Afición que le unía a otro de los mentores de don Luis, monseñor José Delicado Baeza.

Ni son un tratado de derecho público eclesiástico, como los del cardenal Rouco, por citar algunos del inmediato pasado.

Este discurso de monseñor Argüello, que es un discurso clima, un discurso tendencia, un discurso enraizado en exigencia del Evangelio de predicar desde el Evangelio de la verdad, pasará a la historia de los textos que han contribuido a que la Iglesia sea, al menos en su pretensión, más libre, en un momento de amenaza de esa libertad entre otras cuestiones con la machacona insistencia del Estado de inmiscuirse en su régimen interno y en su actuación externa.

Y que conste que, después de leer la larga explicación que dio el Presidente de la Conferencia Episcopal Española sobre la firma del Convenio con el Gobierno y el Defensor del Pueblo, me sigo preguntando por qué la Iglesia firmó ese acuerdo.

De lo dicho por don Luis Argüello, me quedaría con este párrafo:

“La cristiandad como unidad espiritual y cultural donde religión y sociedad estaban profundamente entrelazadas ha desaparecido, pero no la llamada a los ciudadanos católicos a ser testigos del Evangelio y estar presentes en las instituciones, de tal forma que influyan en las formas de vida, la cultura, la política y las leyes a favor de la dignidad humana y el bien común iluminados por la Doctrina Social de la Iglesia”.

Hablar del fin de la cristiandad no es patrimonio de la denominada izquierda eclesial. Es una evidencia que se palpa, aunque uno esté ciego. Lo que hay es que sacar, con libertad, con “parresía”, las conclusiones de ese fin de la cristiandad en todos los órdenes. Eso es lo que ha hecho don Luis Argüello.

 

 

José Francisco Serrano Oceja