Diócesis
Juan Carlos Elizalde ha presidido la Misa Crismal de Miércoles Santo en la Catedral de Santa María, donde ha trazado las claves de la renovación diocesana
02/04/26 | Javier Arias, X
Monseñor Juan Carlos Elizalde ha presidido la Misa Crismal de Miércoles Santo en la Catedral de Santa María, donde ha trazado las claves de la renovación diocesana con un mensaje marcado por la llamada a la conversión, la comunión y la audacia pastoral.
- Transparentar el misterio de Jesús
- Pasión por evangelizar: una Iglesia misionera y abierta
- Acogida a los sacerdotes y seminaristas extranjeros
- Una Semana Santa transformadora
- Unidad en la diversidad
- Audacia vocacional
- Amor paciente: la clave última de toda reforma
Monseñor Juan Carlos Elizalde ha presidido
la Misa Crismal de Miércoles Santo
en la Catedral de Santa María.
El obispo de Vitoria ha subrayado en la homilía de la Misa Crismal que desde el inicio que la clave de la renovación eclesial de la Diócesis pasa por Jesús, insistiendo en que cualquier cambio auténtico en la Iglesia debe partir de un fundamento sólido: la fe en Cristo. “El objetivo de toda renovación eclesial consiste en arraigarse en la fe y dejar que la forma de Jesús impregne y configure la vida de la Iglesia”, ha afirmado.
Transparentar el misterio de Jesús
En esta línea, ha recordado que la Iglesia no busca “imponerse eficazmente en el mundo”, sino “transparentar el misterio de Jesús, para que todos los hombres puedan conocerlo y unirse a él”. Citando la tradición teológica, ha defendido que muchas veces “no se trata de innovar, sino de renovar”, apelando a una fidelidad que no es inmovilismo, sino fuente de futuro.
Elizalde ha vinculado esta fidelidad con la renovación de las promesas sacerdotales, destacando que los sacerdotes están llamados a ser “signos sacramentales” y representación de Cristo. “Queremos arraigarnos en lo esencial”, ha insistido, agradeciendo la entrega del clero de la diócesis.
Pasión por evangelizar: una Iglesia misionera y abierta
Uno de los ejes centrales de la homilía ha sido la misión evangelizadora. “La Iglesia existe para evangelizar”, ha recordado el obispo, subrayando que los bautizados son “discípulos misioneros” llamados a tender puentes, dialogar y acoger. “Una Iglesia siempre abierta a acoger con los brazos abiertos a todos aquellos que necesitan nuestra caridad”, ha recalcado.
El prelado ha destacado que la misión no es una tarea externa, sino una participación en la propia vida de Cristo: “Los discípulos no son meros ayudantes de Jesús, sino que entran a formar parte de su vida y de su misterio personal”. De ahí que haya insistido en que el encuentro con Jesús se realiza en la Iglesia, ya que “su misterio es eclesial”.
Acogida a los sacerdotes y seminaristas extranjeros
Asimismo, ha puesto en valor la riqueza que aportan los sacerdotes y seminaristas de otros continentes. Ha defendido que la presencia de presbíteros de África, Asia y América Latina supone “un enriquecimiento mutuo” y ha pedido evitar actitudes racistas o excluyentes: “No vale criticarles y no acogerles”. En este sentido, ha reclamado una auténtica integración en clave de familia eclesial.
Una Semana Santa transformadora
El obispo ha insistido en que toda renovación pasa por la conversión: “Una verdadera renovación eclesial pasa por la conversión de cada bautizado”. Esta conversión, ha explicado, debe ir acompañada de cambios estructurales, ya que ambos aspectos “van de la mano y se alimentan entre sí”.
En clave espiritual, ha invitado a vivir la Semana Santa de forma profunda, planteando preguntas directas a los fieles: “¿Cómo queremos tocar a Jesús? ¿De un modo superficial, o con la fe que permite que salga fuerza de él y transforme nuestra vida?”. Ha advertido de que participar en celebraciones sin una experiencia interior “de poco serviría”.
Elizalde ha propuesto un examen personal que conecta con las heridas y esperanzas de cada creyente: desde las “esclavitudes” que se desean romper hasta los momentos de soledad o sufrimiento. “Cristo nos hace partícipes de su resurrección”, ha afirmado, invitando a vivir la Pascua como un paso real “de la muerte a la vida”.
Unidad en la diversidad
El obispo ha subrayado que “ninguna reforma puede dar fruto si no cuida la comunión eclesial”, señalando que el amor fraterno es el verdadero motor de la renovación. “Desde la experiencia del amor es como se renueva la Iglesia”, ha asegurado.
Ha defendido una comunión que integre la diversidad, evitando tanto el uniformismo como las imposiciones: “Una unanimidad deseable puede convertirse en una uniformidad impuesta, y el uniformismo ahoga la vida”. En este sentido, ha reivindicado el diálogo como estilo fundamental en la vida eclesial.
También ha advertido contra quienes pretenden imponer un único modelo: “No se puede transigir con la pretensión del pensamiento único”. Frente a ello, ha apostado por una Iglesia donde “cabemos todos aceptándonos como compatibles, distintos e incluyentes”, en el marco del camino sinodal.
Audacia vocacional
Elizalde ha llamado a vivir la fe con valentía: “La renovación supone ser valientes para avanzar”. Ha animado a pasar “de las ideas a la acción”, sin miedo a los cambios, pero con discernimiento.
En este contexto, ha puesto el acento en la dimensión vocacional de la Iglesia: “Todos somos ungidos y enviados”. Ha defendido que cada persona está llamada a descubrir su vocación —ya sea matrimonial, laical, consagrada o sacerdotal— como respuesta a las necesidades del mundo.
El obispo ha anunciado nuevas iniciativas para fomentar esta cultura vocacional, como los “Centinelas de la mañana”, grupos de oración por las vocaciones, y el impulso de actividades juveniles con este enfoque. “La vocación no nace nunca de manera aislada”, ha recordado, sino en comunidades vivas que transmiten la fe con alegría.
Amor paciente: la clave última de toda reforma
Finalmente, el obispo ha puesto el acento en la paciencia como condición indispensable para cualquier reforma auténtica. Ha destacado que para que exista una verdadera reforma “es preciso que vaya acompañada de paciencia”, ha señalado, advirtiendo contra soluciones superficiales o precipitadas.
Ha reconocido que el camino no está exento de dificultades, incluso de rechazo, pero ha afirmado que esas situaciones purifican el amor. Elizalde ha concluido que la verdadera medida de la renovación es el amor: “La prueba del algodón es el afecto, la caridad y el amor fraterno”. Y ha cerrado su homilía con un deseo para todos los fieles: que esta Semana Santa “no sea un mero recuerdo exterior, sino una experiencia viva” que transforme la vida. “Cristo ha resucitado, resucitemos nosotros con él”, ha proclamado.