Tribunas
14/03/2026
Familias 2026: ¿Gente buena haciendo lo malo? (2)
Antonio-Carlos Pereira Menaut
El Papa León XIV en el Jubileo de las Familias.

Hoy, muchas familias buenas asumen, por ósmosis, el ideal de las infinitas actividades extracurriculares y la profesionalización de las adolescencias como rampa de lanzamiento a un buen trabajo. Un chico de 14 años, que debería estar tirando avioncitos al profe, dijo a otro: “según sean tus notas será tu nómina” (eso no se cumple, y al que cree tal cosa le pasa algo).
Siendo hijos de nuestro tiempo —imposible ser de otro— la gente buena asume lo que es normal. Sigue creyendo que todo avance tecnológico es un progreso humano: el sentido común disminuye. Un padre termina su trabajo a las seis y a esa hora, de noche, lleva a un hijo a una muy buena clase de francés... a 50 kms.
Los padres-taxistas, aparte de no descansar bien, hablan o pasean menos. No es raro que no coman todos juntos en familia. Los sagrados planes de los niños hacen disminuir los momentos de encuentro familiar. La misa dominical no se omite en estos ambientes, pero como acto familiar aglutinante, se puede resentir.
Al actual delirio social contribuye la búsqueda a toda costa de la excelencia profesional y del mayor nivel de inglés. ¿Cómo no van a deducir los hijos que a ellos todo les es debido, y a cualquier precio? Sus agendas son respetadas por padres y abuelos; aunque tengan 12 años, hay que preguntarles si están libres. Hasta hace no mucho, en Galicia encontrábamos en la Universidad alumnos (sobre todo, rurales) muy unidos a sus abuelos (sobre todo, abuelas); se les notaba a la legua. No lo sabían, pero eran unos privilegiados.
¿Cooperativa o rampa de lanzamiento?
Difícil será, así, que no aumente el individualismo. La familia, en vez de una cooperativa, acaba siendo rampa de lanzamiento al éxito profesional o deportivo, al que todo se sacrifica, hasta la economía familiar, con el consiguiente sobreesfuerzo de los padres, a veces imprudente para su salud. La familia, ciertamente, también es rampa de lanzamiento —o, mejor, preparación para la vida—, y la proporción rampa/cooperativa será prudencial y variará con cada familia e incluso con cada hijo.
En la etnia gitana nadie va al hospital solo. Hoy, con nuestra concepción americanizante, la familia-cooperativa tiene poca fuerza. Padres sobreprotectores y luego centrifugadores, que recuerdan poco a sus hijos sus deberes familiares porque han extrapolado los argumentos, en sí mismos buenos, de que lo que importa es que estén bien, y no cortarles las alas, aunque quieran estudiar un doble grado de “Law and Siberian Affairs” en Vladivostok.
Como siempre, hay que recuperar el sentido común, el punto medio aristotélico, y ver cada caso. Cuando había familias muy absorbentes y el trato con los padres rayaba el hieratismo, había que subrayar la autonomía de los hijos; hoy, en plena locura centrifugadora, hay que fomentar lo que aglutine, al menos hasta que el péndulo vuelva. Con los trabajos y la mentalidad de hoy, tenemos centrifugación de hijos para rato, y habrá que lidiar con ella como se pueda, pero fomentarla los padres, atenta al sentido común.
Es debilitar la sociedad y hacer generaciones hidropónicas, formadas en el desapego fáctico, con vínculos débiles, que difícilmente formarán familias sólidas, por bienintencionados que sean, porque sin vínculos fuertes no hay familia que dure. Si los vínculos interpersonales son débiles en general, también dentro del matrimonio podrían serlo, si no se contrarresta.
Por primera vez en la historia los hijos no quieren las cosas ni las casas de sus padres: de nuevo, la cuerda y la cadena familiares se cortan. Se acabó “los Pérez son una familia VTV (Vitigudino de toda la vida)” o los “Wooster, ya desde las Cruzadas...” (Bertie a Jeeves). Vista la realidad actual, pronto la mayoría de los niños españoles serán de Madrid, hasta que envíen a sus propios hijos, para no cortarles las alas, a Suecia o Australia (¿por qué no a Marte?). Es muy malo perder el sentido del lugar; Jesucristo lo tenía.
Recientemente, en una boda, la novia advirtió: “vamos a vivir en la misma ciudad”. Cuando semejante obviedad llega a ser un mérito señalable entre gente buena y cristiana, aquí pasa algo.
La decisión de vivir en el desapego fáctico (o más bien un efecto colateral aceptado que una decisión) es libre y no es necesariamente inmoral, pero su generalización no favorece la salud moral ni mental de ninguna sociedad; al consumo de ansiolíticos me remito. Al cortarse la cadena familiar, los eslabones no cuidan unos de otros. Cuando un hijo nuestro decide vivir en el Caribe, con su novia, en un barco de 45 pies, puede que al principio lo pase muy bien, pero ¿qué familia formará, qué hijos tendrá, qué vínculos familiares cuidará? (en ese caso, ni boda ni hijos).
La libertad, hagan los padres lo que hagan, siempre puede producir resultados como ése, pero en general las cosas no suelen caer del cielo como la lluvia. El desarraigo, tan denostado por Simone Weil, dificulta hasta la amistad. Y ya decía Aristóteles que sin amigos no se podría vivir ni aun teniendo todos los demás bienes. Hace 25 años, en México, me chocaba oír a los doctorandos que en España fuera difícil hacer amigos; hoy, no hay duda.
Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio