Tribunas
03/03/2026
Therians y el deseo de indomesticarse
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
Precisamente porque el fenómeno therian es muy friki, convendría acercarse a él con algo que hoy resulta extravagante: atenderlo con seriedad antes de celebrarlo o despreciarlo. Seguramente sea una subcultura marginal, amplificada por las redes e inclinada a provocar burla o escándalo, y no pase de moda pasajera. Pero no deja de ser curioso que, en una época que ha domesticado la electricidad, surja de pronto el deseo de indomesticarse. ¿Qué nos dice el joven que quiere ser un lobo?
Hemos encajonado la naturaleza en calendarios y granjas solares; quizá por eso algunos sueñan con salir de la jaula, ser ciervo al caer la tarde o gato al trasluz del sofá. Tal vez un joven vestido de animal nos recuerde que el hombre ha olvidado que comparte el mundo con criaturas que oyen mejor que nosotros y se orientan por instintos que hemos querido sustituir por notificaciones. No es poca cosa. El niño que se pone orejas de zorro puede estar diciendo algo más sencillo: “Me han dado una dieta de pantallas y me he quedado con hambre.” Yo no me reiría de ese hambre.
Y es que el ser humano es el único animal que no se conforma con ser animal. Apenas aprende a hablar, ya ensaya palabras para decir que desea ser algo más. De ahí la paradoja del therianismo, donde ese algo más suena a algo menos. La cultura universal no nos ha enseñado tanto a fingir ser animales como a leerlos. El león evoca la realeza; el cordero, el sacrificio; la paloma, la paz; el ciervo, la persecución y la gracia.
Lo simbólico nos eleva porque nos obliga a salir de nosotros mismos para comprendernos, de ahí que los animales hayan habitado siempre nuestras fábulas. Esa misma intuición asoma también en los juegos escolares: el niño que se pone una melena de león aprende a rugir y a detenerse. Descubre que el disfraz sólo tiene sentido si puede quitárselo. El juego nos libera porque nos limita. Por eso, si se juega bien, hay humildad.
Pero no todo disfraz encierra símbolo, ni toda hambre es metafísica. Algunos manejan estéticas vacías o juegan sin buscar nada. Porque lo inquietante no es la imaginación, sino la confusión. El antiguo mito del hombre lobo era trágico porque el hombre perdía su humanidad. Un therian quizá es optimista porque cree encontrarse al perderla. He aquí una inversión digna de estudio o, al menos, de reflexión. Cuando el símbolo se convierte en sustancia y la metáfora pretende ser biología, el chiste deja de ser alegre.
Dicho de otro modo, el caballero medieval pintaba un león en el escudo; el joven contemporáneo corre el riesgo de pintarlo en el alma. El primero sabía que era hombre y aspiraba al coraje del león. El segundo puede olvidar que el coraje es admirable precisamente porque no somos leones. No escandaliza que alguien sienta afinidad por el águila o el caballo, pues el hombre siempre ha amado a las bestias. Lo que intriga es que el hombre no soporte ser simplemente hombre. Aquí, creo, asoma el verdadero problema.
En este punto, sin ánimo de ser condescendiente con esta tendencia, que personalmente me resulta incomprensible, cabe hacer un alto: el deseo de huir de lo humano suele nacer de no haberlo visto en su mejor versión. Quien sólo conoce el pasillo de un centro comercial ignora que el hombre también es viñedo, canción de cuna y pan compartido. Puede ser que le haya ocurrido a algunos de los que se declaran therian.
No obstante, para unos y otros, tal vez el consejo más antiguo siga siendo el más oportuno: vuelve a casa. No busques otra especie cuando no has celebrado todavía una buena sobremesa. También se podría plantear que la rebeldía hoy no es ladrar: es afirmar que ser hombre no es un error evolutivo ni una identidad provisional, sino una vocación exigente. El mundo necesita menos disfraces permanentes y más rostros presentes.
Al final, se trata de una sana coherencia: si uno admira a los lobos, lo propio sería velar por su manada —familia, pueblo, país— y guardar silencio al amanecer, cuando las cosas sagradas vuelven a nombrarse. De hecho, ser plenamente humano es la única forma digna de ser salvaje. Convertir un DNI en aullido sirve para poco.
Otro tema es que este aullido no nace de la nada. Cuando una civilización deja de creer que el hombre tiene un alma inmortal, empieza a creer que puede tener cualquier otra cosa: alas invisibles, colmillos metafóricos o una identidad intercambiable. Pero este asunto, mejor lo dejamos para otro día.