Afición deportiva y afiliaciones políticas

 

 

13/02/2026 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

En política, como en el deporte, los líderes necesitan enganchar a la afición. La sociología de masas no se cansa de estudiar el, a la vez, sorprendente y repetitivo comportamiento humano.

En el deporte, algunos aficionados solo desean que su equipo gane, si no, no valdría la pena seguirle. Son los adictos al éxito. Perder, aunque sea con dignidad y buen juego, no es aceptable.

No todos los fans son así, otros aprecian más el sentido de pertenencia, el abrigo de los compañeros de afición. Estos disfrutan sufriendo y alegrándose juntos, ganen o pierdan, porque el «juntos» tiene un valor referencial.

Por último, hay otro grupo, normalmente menos numeroso, que lo que aprecia es la técnica y el buen juego. Son devoradores de estadísticas, auténticos gourmets del deporte. Su fidelidad al equipo depende de su buen hacer técnico, su planteamiento en el campo y la calidad en la ejecución de la estrategia.

Estas tres aproximaciones comparten un elemento común, la adhesión a un equipo u otro se suele hacer irracionalmente. Ninguno sabría explicarte por qué su equipo es el mejor, pero defenderá que lo es. Para ellos es una evidencia que se impone, en esa voluntad inconsciente que se mueve a golpe de fibra afectiva, emocional. Pero eso sí lo saben los responsables de marketing de los equipos y ponen insistencia en sus mensajes para ganar afectos y conseguir socios.

Todos hemos visto como algunos equipos presumen de su sala de trofeos, otros de las cicatrices de perdidas batallas y otros simplemente presumen de que su equipo es el mejor pasador, aunque pierda.

El paralelismo con la vida política es indudable. El público objetivo es el mismo. Si un partido quiere llevarse a su grada a los que solo quieren ganar, no tiene más que maquillar algunas encuestas y mostrar que es el caballo ganador, pero sin pasarse, porque una sensación de seguridad en el triunfo puede desincentivar la necesidad del voto. Para eso se busca una amenaza, otro partido enemigo que puede impedir la victoria. Así retiene a los que solo quieren ganar y, a la vez, captura a los que buscan la pertenencia (ganamos porque estamos juntos).

Los que suelen quedar desatendidos son los que buscan la calidad del juego. Los programas electorales son cada vez más flojos e inconcretos, los indicadores más difusos y la repercusión de las acciones políticas en la promoción del bien común quedan fuera del interés de los medios de comunicación.

Por ejemplo, si un gobierno contara con un departamento de investigaciones sociológicas publicando encuestas de intención de voto, tendría la tentación de manipular los datos para mostrar que el partido gobernante va a ganar con holgura (mensaje dirigido a los que quieren votar al seguro ganador), a la vez que inflaría desmesuradamente el apoyo al partido del extremo opuesto del espectro político (creando una sensación de amenaza unificadora, el enemigo común). Sin embargo, quitaría toda relevancia a los datos sociométricos que ofrecen información sobre la eficacia de la acción de gobierno, esto es, si las cosas están mejor o peor desde su llegada. No sé si conocen algún caso similar.

Política y deporte se emulan en este aspecto.

Sin duda, el deporte despierta pasiones, pero no debería dormir la conciencia de los aficionados. Hay cosas que están bien y cosas que están mal, independiente del equipo que gane, el equipo de mis amigos, o lo bien tirado del penalti. Que no nos ciegue el color de la camiseta.

 

 

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