El tiempo y la memoria en una sociedad atrapada por la velocidad y el olvido

 

 

23/01/2026 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

La sociedad actual ha convertido en un tópico el refrán “año nuevo vida nueva” que para la sabiduría popular de nuestros antepasados que lo acuñaron representaba, no solo un mensaje social para desear bienestar y progreso a las personas de sus ambientes, sino también toda una profunda filosofía de vida con gran contenido antropológico. Lejos de ser una frase hecha, daba un significado cargado de optimismo y esperanza al deseo de cambio y nuevas expectativas de vida en el inicio de un nuevo ciclo de vida simbolizado en el nuevo año que comienza, invitando a la renovación con constancia y planificación, no solo con el deseo.

De ahí que resulte elemental preguntarse hoy, al comienzo de un nuevo año, si es posible el cambio a una vida nueva en una sociedad tan afectada de forma tan esencial en dos categorías antropológicas de gran importancia para la vida como son el tiempo y la memoria. Y consecuentemente preguntarse también si en el estilo de vida que propician estas dos realidades puede anidar la esperanza, motivo central del Año Jubilar que ha celebrado la comunidad católica universal.

Es indiscutible que en la sociedad actual el tiempo humano está sufriendo una fuerte sobre aceleración. La velocidad como fuente e instrumento de poder y dominación se ha convertido en una categoría antropológica de gran influencia en la forma de pensar, de sentir y de hacer, y por tanto de vivir y convivir. Las prisas y la “tiranía del reloj” afectan de modo sustancial a la salud colectiva de nuestra sociedad pues inciden muy directamente en nuestras situaciones relacionales al no dejarnos disfrutar del tiempo vital -que no es ni más ni menos que “dar tiempo al tiempo”-. Sin duda esta sociedad sobreacelerada deriva indisolublemente en provisionalidad, en la dinámica del “usar y tirar”, Todo es provisional en las sociedades actuales, en las relaciones socioeconómicas y políticas, en el mundo de la publicidad y de la información, en las relaciones afectivas y personales… Este correr interminable hacia no se sabe dónde nos deja sin brújula orientadora para cualquier intento de cambio en profundidad. En este modelo social no queda tiempo para el silencio y la escucha y consecuentemente no deja lugar para la esperanza.

En paralelo, en este caminar sin sentido, transcurre en precario la atención prestada a la memoria como factor esencial en la construcción de lo humano -la personal y la colectiva, la cultural y la del espíritu-. Es notorio y evidente que vivimos inmersos en una cultura del olvido. George Steiner escribió mucho y bien sobre la “atrofia de la memoria colectiva” como rasgo fundamental de la cultura de estos tiempos. Políticamente se da mucha importancia a la llamada “memoria histórica” pero de una forma sesgada se olvida de lo más importante, la memoria-tradición. Memoria que da sentido a la identidad de un pueblo siempre recreada con una dinámica de cambio que construye el presente sin olvidar el pasado y mirando con esperanza al futuro. El mundo occidental contemporáneo ha olvidado y olvida tradiciones y modelos espirituales que han servido de brújulas seguras para orientar nuestro caminar por el mundo. Este olvido produce desarraigo y el no reconocimiento como pueblo y como persona: oscurece la esperanza. ¡Cuántas veces nos recordó el papa Francisco que no nos dejemos robar la esperanza!

 “Que el testimonio creyente pueda ser en el mundo levadura de genuina esperanza, anuncio de cielos nuevos y tierra nueva (cf. 2 P 3,13),”: Es la llamada que se nos hacía en la convocatoria del Año Jubilar.

 

 

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