Opinión
21/01/2026
La fe de los demonios
José María Alsina Casanova
Mons. Luis Arguello, arzobispo de Valladolid.

El día de Reyes me llegó como regalo la homilía del pasado 3 de enero del arzobispo de Valladolid en el Santuario de la Santa Espina, con motivo del acto de desagravio por la profanación del sagrario de su iglesia. Al escucharla, me llamó la atención cómo monseñor Argüello supo aprovechar este hecho lamentable para invitar a los fieles a una reflexión, a un examen de conciencia sobre lo que podríamos denominar «la fe eucarística vivida». En ese contexto, don Luis hizo referencia a una expresión tan sugerente como reveladora: «la fe de los demonios».
No se trataba de una metáfora exagerada. Es una afirmación bíblica - «también los demonios creen, y tiemblan» (St 2,19)- que monseñor Argüello utilizó para interpelar directamente a los creyentes. Al escuchar esta expresión, recordé el ensayo de Fabrice Hadjadj La fe de los demonios (o el ateísmo superado). Todo indica que, por la trayectoria intelectual de don Luis y por la precisión con la que articuló esta categoría en su homilía, es buen conocedor del autor francés y de esta obra, en la que se muestra que el mayor peligro para el cristianismo no es la ausencia de fe, sino una fe deformada, separada de la caridad y de la comunión.
En su homilía, el arzobispo invitó a un examen de conciencia sobre nuestra relación con la Eucaristía. El primer agravio -señaló- es el de la ignorancia: no saber lo que se profana, no comprender que en ese pan sin fermentar se hace realmente presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero hay agravios más profundos. El segundo es el de la superficialidad y la indiferencia de los propios creyentes, la pérdida del sentido de lo sobrenatural, del misterio, del templo y del sagrario. Participar en la Eucaristía «como si no pasara nada» es, en sí mismo, una forma de desprecio silencioso.
El tercer agravio, el más inquietante, es el de la fe demoníaca. El demonio cree. Sabe quién es Cristo. Reconoce su presencia real. Precisamente por eso la Eucaristía ha sido, a lo largo de la historia, objeto de ataques y tentaciones: no porque el mal ignore a Dios, sino porque lo conoce sin amarlo. Como recordó monseñor Argüello, el demonio interpreta la humildad de Jesús en el pan eucarístico como debilidad y cree que puede dominarlo.
Aquí la reflexión de Fabrice Hadjadj resulta especialmente iluminadora. El demonio -explica el pensador francés- no es ateo ni agnóstico: cree con una certeza absoluta. Su fe no falla en el objeto; sabe quién es Dios y reconoce la verdad de Cristo. Pero es una fe sin amor, sin obediencia, sin comunión, una fe estéril en sus frutos.
Hadjadj subraya que los demonios, tal como aparecen en los Evangelios, confiesan la identidad de Jesús y se estremecen ante su presencia. Sin embargo, están radicalmente incapacitados para la caridad. Ese es el verdadero drama: no la falta de fe, sino la imposibilidad de amar. Por eso el autor insiste en que el mayor triunfo del demonio no consiste en suprimir la fe, sino en pervertirla, separándola de las obras del amor y convirtiéndola en ideología. De ahí que la fe demoníaca engendre divisiones, orgullos espirituales, polémicas estériles y rupturas de la comunión eclesial.
Esta advertencia resonó con fuerza en la homilía de la Santa Espina. El desagravio auténtico -afirmó el arzobispo- consiste, en primer lugar, en una relación viva de fe y afecto hacia el misterio de Dios realmente presente en el sacramento del altar, en todas sus expresiones litúrgicas y devocionales: la celebración digna por parte de los sacerdotes, la participación activa y fructuosa de los fieles, el respeto traducido en adoración y reverencia ante el Santísimo Sacramento. Don Luis fue más allá al señalar que, siendo todo ello fundamental, el verdadero antídoto contra la fe de los demonios es que la presencia real de Cristo en la Eucaristía se traduzca en caridad eucarística.
Cristo está presente en el Pan consagrado, pero también en su Palabra, en el cuerpo formado por los bautizados, en los pobres, en los solos y abandonados. La fe eucarística es auténtica cuando genera perdón, reconciliación, acogida y hospitalidad.
La fe de los demonios no es solo una expresión sugerente; es una advertencia espiritual. Don Luis quiso subrayarlo con claridad en sus palabras. El Señor ha venido, aunque las tinieblas prefieran la oscuridad a la luz. Adorarlo, recibirlo y dejarnos transformar por Él es el único desagravio pleno. Porque cuando la respuesta al agravio es la comunión, el demonio -por mucha fe que tenga- queda derrotado.