Tribunas
15/01/2026
La increíble historia del pintor santanderino Fernando Delapuente
José Francisco Serrano Oceja
Fernando Delapuente. Autorretrato, 1952.
Óleo sobre lienzo. Colección particular.

Un comentario a vuela pluma en una comida, en estas pasadas fechas navideñas en mi bahía, me puso sobre la pista de un pintor, de la Escuela de Madrid, a quien no conocía y del cual no había oído hablar, Fernando Delapuente. Que hubiera nacido en Santander y que hubiera trabajado con sus pinceles también la mar, mi mar, mi cuna, era suficiente motivo para lanzarme en su búsqueda.
El primer paso fue aprovechar la exposición de su obra pictórica en el Colegio de Médicos de Madrid, todavía abierta al público, el motivo inmediato, al fin y al cabo, del comentario en la sobremesa.
Hete aquí que cuando empiezo a investigar sobre este representante destacado de la Escuela de Madrid, la escuela de las vanguardias en el erial español de la postguerra, por parafrasear al biógrafo de Ortega, me topo con un dato sorprendente.
La clave de esta historia, a estos efectos y para una adecuada comprensión de las relaciones entre Iglesia y cultura en la España anterior y posterior al Concilio Vaticano II -mi próximo ensayo de fondo-, no está en que este catedrático de Dibujo de la Escuela Superior de Ingenieros Industriales, que lo fue, sea uno de los vanguardistas más destacados y olvidados de la pintura española de postguerra.
La clave radica en que en febrero de 1940, después de haber coincidido con Álvaro del Portillo en la milicia, pidió la admisión al Opus Dei como numerario, junto con personalidades de la teología y el derecho canónico como José Orlandis o Amadeo de Fuenmayor.
Creo que he leído casi todas las historias oficiales y oficiosas del Opus Dei habidas y por haber, tal y como se puede ver en mi “Iglesia y poder en España” ¿Cómo es posible que se me haya pasado este dato biográfico y cultural?, me pregunto. ¿O acaso el Opus Dei se ha preocupado más por la historia institucional que por la historia de sus miembros, que son los que conforman biográficamente también la institución, hasta ahora…?
Lo digo porque buceando en la escasa bibliografía sobre este pintor tuve la duda de si al final de su vida seguía siendo del Opus Dei. No me encajaba el hecho de que su trayectoria personal hubiera sido la de un pintor que hiciera gala de una libertad, de un espíritu tan libre y vanguardista, tal y como se refleja en la propia evolución de sus pinturas, que hubiera vivido en tantos lugares del mundo, Roma, París, Puerto Rico, Portugal..., que se hubiera relacionado con tantos entornos de artistas, poetas, pintores, que me parecía todo disruptivo, como para seguir siendo miembro de la institución fundada por san Josemaría.
Para curiosidad de los lectores diré que efectivamente, hasta sus últimos días, fue miembro del Opus Dei. Lo fue, con esa forma de vida, no sé en qué marco de naturaleza estatutaria canónica, con lo que ya se ve que el traje normativo sirve para lo que sirve. Atentos a la jugada.
Otra de las cuestiones que estoy investigando es la de la naturaleza de su obra pictórica. ¿Tuvo obra específicamente religiosa? En la exposición actual en Madrid no se muestra.
Pero sí, de los cerca de 1400 cuadros y dibujos que pintó, según me cuenta mi colega Fernando Rayón, director de la más prestigiosa revista de arte editada en España, “Ars magazine”, la obra religiosa tiene una importancia relevante, que no desmerece de la calidad de su trabajo en otras temáticas.
Sin embargo, por lo que puedo deducir de lo visto y de lo que sé de sus escritos, porque además de pintor escribió poesía -uno de sus amigos fue el también poeta montañés José Hierro-, la perspectiva dominante sobre la pintura es la naturaleza y la geografía humana, la ciudad, las ciudades, los retratos, la mujer. Todo ello forma parte del in fieri de la creación, de lo que significa la percepción de la realidad del mundo vida desde una mirada espiritual, trascendente, la comprensión de la belleza encarnada. “La figura humana -escribió- es lo más importante, por ser el hombre la mayor obra de Dios. Retratar al hombre es, pues, retratar a una criatura hecha a imagen y semejanza del Altísimo”.
Delapuente tuvo una evolución técnica interesante. Sus estudios de pintores como Giorgio de Chirico, Carlo Carrà, Amedeo Modigliani, Vincent van Gogh, Matisse, Derain y De Vlaminck… contribuyeron a que ahora se le denomine el Van Gogh santanderino.
De la perspectiva clásica pasó a una etapa fauve; luego a fascinarse por Castilla, cuestión esta que me atrae también-; de retorno a lo fauve, volcado en las ciudades de Italia. Un período, el de Madrid, iniciado en París, que es la etapa de los amores, los recuerdos y las emociones; un nuevo tiempo, en torno a 1964, metido en la abstracción, con la estancia en su ciudad natal de Santander; otro, el del Madrid humano y sentido. Sin olvidar los bodegones.
Deduzco que Fernando Delapuente fue un espíritu libre y quizá eso hizo que, a su muerte, en 1975, cuando parte de su obra estaba expuesta en la galería Columela de Madrid, no facilitara que se le haya tenido como referente de lo que significa el diálogo de la construcción cultural, a través de la pintura, de un sentido de lo que significa ser cristiano en medio del mundo artístico, amando apasionadamente al mundo como obra de Dios.
Quizá porque encargó la alergia a lo adjetivo, a lo “católico”, por incidir en lo sustantivo de su hacer, de su trabajo, la pintura de alta calidad técnica.
Pero ahora estamos en un tiempo de síntesis. El trasunto generacional hace que la perspectiva de lo que significa el sentido profesional y artístico, el trabajo como medio de santificación y la libertad dentro de una institución, o de un sistema, obligue moralmente, en justicia, a recuperar la figura de Fernando Delapuente y que así pase a ser un modelo de eso, de lo que significa el Opus Dei en la historia reciente de España, más allá de catedráticos, tecnócratas, teólogos y banqueros…, que no están demás, por otro lado.
Va a ser que en una historia de las relaciones entre Iglesia y las artes, la pintura en concreto, salvando las similitudes y diferencias de estilo, las distancias, Kiko Argüello no esté sólo. En las páginas de esa historia también aparecerá, a partir de ahora, Fernando Delapuente.
José Francisco Serrano Oceja