Colaboraciones

 

Madrid central y el Alcalde cobarde

 

En el mundo se han practicado sobre todo dos modelos: prohibir o pagar

 

 

26 mayo, 2021 | Diego Vigil de Quiñones


 

 

 

 

 

Entre las noticias de los últimos días, quisiera poner hoy el acento en la anulación de la ordenanza por la que se creaba Madrid central y la reacción del gobierno municipal de Madrid.

Cuando el Alcalde Almeida era concejal de la oposición, en lugar de hacer una campaña de fondo cuestionando el socialismo sectario del gobierno municipal de la Sra. Carmena (hoy condecorada), centró su campaña en atacar las restricciones de tráfico en el área de bajas emisiones del distrito centro. Grandes carteles del PP anunciaban que al día siguiente de las elecciones Madrid central se terminaba.

Llegó el día indicado y no se cumplió nada de eso: Almeida con su cartelito se prestó a ser uno de los pocos candidatos que incumple su programa en las primeras veinticuatro horas de victoria electoral (lo cual demuestra el valor que le da a una promesa electoral). Pasaron semanas y meses y tampoco se cumplió nada de lo prometido.

 

Finalmente, una sentencia le soluciona al Alcalde el incumplimiento, y en lugar de dejar estar las cosas, parece que va a pasar de la traición pasiva a la traición activa al electorado.

Nadie duda del problema de contaminación y tráfico que tiene Madrid, como el resto de grandes ciudades del mundo. Hace casi veinte años, la implantación del parquímetro supuso una cierta racionalización de la circulación. Pasados los años, el volumen de coches es tal que haría falta otra vuelta de tuerca, pero nadie se ha atrevido a darla.

 

En el mundo se han practicado sobre todo dos modelos: prohibir o pagar.

El primero es el practicado por París, que limita la entrada de coches contaminantes a algunas zonas. El segundo es el de Londres, que cobra un peaje para acceder a la ciudad. En el sistema de prohibiciones, solo circulan a sus anchas los ricos, que son quienes se pueden comprar un coche eléctrico a día de hoy. En el segundo, se produce una disuasión igualmente, pero cualquiera que necesite entrar puede hacerlo pagando un peaje. Como no podía ser de otra forma, nuestra izquierda fake está con el sistema más cool y más lesivo a los desfavorecidos, y por eso crearon Madrid central.

 

Si Almeida quería oponerse a las prohibiciones debería haber traído una propuesta alternativa que pasara por pagar para no prohibir. Algo sencillo de lograr.

No haría falta atascar las entradas a Madrid con unos peajes: bastaría con que el parquímetro, al igual que es capaz de discriminar según la etiqueta del vehículo, discriminase a los coches de los no empadronados haciéndoles pagar una cantidad extra. Tasa extra que se podría cobrar igualmente al aparcar en un parking o un hotel, o mediante tarifas mensuales para quienes alquilen una plaza de garaje. La medida sería impopular sin duda, pero para los no empadronados: Almeida no perdería votos, y Madrid seguramente ganaría población empadronada aproximando el padrón a la realidad de quienes usan cada día la ciudad. El tráfico se racionalizaría, y la calidad del aire aumentaría.

Desarrollar una propuesta alternativa como la que decimos habría sido lo lógico. Pero requiere algo que al Alcalde bienqueda le falta: valor. Valor para oponerse a la inquisición progre, valor para exigir un esfuerzo a la población, valor para sostener su propio programa. Algo en lo que, por el momento, Almeida no ha destacado: ¿o acaso alguien le ha visto traspasar alguna línea roja de la corrección política diseñada por la izquierda? Mientras el Alcalde anteponga su fama a su coherencia, le tienen donde quieren: sometido cobardemente a las políticas socialistas.