Colaboraciones
Karl Marx, autor de la célebre expresión «la religión es el opio del pueblo»
02 octubre, 2024 | Javier Úbeda Ibáñez
De acuerdo con Karl Marx (considerado el padre teórico del socialismo científico y del comunismo moderno, del marxismo y el materialismo histórico), la religión es «el opio del pueblo». La frase aparece en Contribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (entre noviembre de 1843 y enero de 1844). Lenin está de acuerdo: «La religión es el opio del pueblo. La religión es una especie de aguardiente espiritual de mala calidad, en el que los esclavos del capital ahogan su imagen humana, y su demanda por una vida más o menos digna del hombre…» (El socialismo y la religión, escrito en 1905).
Según Marx la religión cumpliría doble función: una especie de calmante y narcótico que aliviaría el dolor y al mismo tiempo una protesta contra ese mundo que genera padecimientos y angustias.
Marx, ácido crítico del liberalismo, sostiene que la religión no se explica por sí misma, sino por el mundo alienado y fetichista que la engendra. Esa es su originalidad.
Para ver claramente la incompatibilidad entre el socialismo y la doctrina cristiana no hace falta acudir al tema propiedad privada. Nos bastaría considerar otros aspectos que algunas veces son pasados por alto, o como que no importaran tanto como lo de la propiedad privada concreta. Nos referimos a la subsidiariedad del Estado y de las organizaciones que están por encima del individuo y a la iniciativa privada.
Si existe un ordenamiento jurídico sólido y vigente que ejerza su imperio y que tenga a la persona como centro, ya se estará garantizando el equilibrio y la igualdad de oportunidades. El problema surge cuando las políticas socialistas pretenden modelar «por su propia mano» la justicia y fundar, desde el Estado, la justicia, el desarrollo y el progreso, la riqueza, las sociedades intermedias, y hasta la felicidad. Es, exactamente, el «elefante que camina en un jardín de rosas».
Socialismo y cristianismo han constituido un matrimonio ya casi bicentenario, donde se han sucedido románticas escenas de paz y otras de tirarse los platos a la cabeza, como en aquellas canciones de Pimpinella Escarlata. Aunque existe un socialismo premarxiano con raíces cristianas, es indiscutible que la herencia de Karl Marx marcó gran parte de este movimiento. Marx encuadró la lucha contra la religión dentro de la lucha contra el capitalismo. El marxismo extendió por medio mundo regímenes de corte dictatorial y laicista, sacrificando millones de vidas humanas. El socialismo democrático europeo posterior se ha ido distanciando del materialismo marxista revolucionario. Además, el socialismo es un producto netamente europeo, y aunque Marx fuera judío, es indudable que en la base del socialismo late la herencia cristiana. Hay una corriente en el siglo XIX de «igualitarismo cristiano», de comunas y cooperativas, que tiene indudables raíces religiosas.
La religión, el más potente elemento cultural conocido por la Humanidad, fue una de las primeras realidades en sufrir la crítica marxista y la apisonadora estalinista. A través del cristal monocromo de la «lucha de clases», fue calificada como otro instrumento de alienación de los proletarios en manos de los poderosos, un montaje ideado por los opresores para desmovilizar al pueblo mediante el conformismo. Es lo mismo que Marx y Engels hicieron con la institución familiar: leerla desde su esquema, aborrecerla y tratar de borrarla del mapa. Desde entonces, el acoso y derribo a la familia natural es una constante del socialismo laicista radical, que siempre procura sustituirla por estados padre y madre con acceso directo a las mentes individuales.
Añadiremos que Marx se equivocó al leer la realidad con unas gafas mal graduadas, que le produjeron el miope efecto de tomar la parte por el todo. La religión no es el opio del pueblo, aunque más de una vez haya sido utilizada o malvivida como tal. Muy al contrario, no existe fuerza mayor para comprometer la vida de las personas con el bien de sus semejantes que la sana religión, la fe en un Dios que da sentido, dirección, dignidad y responsabilidad eterna a la existencia. Mandando a pastar a Nietzsche, que se atrevió a decir que eso de amar al prójimo es la crueldad más terrible jamás pronunciada, no cabe duda de que el amor incondicional proclamado y posibilitado por Jesucristo, pese a las deficiencias de los que intentamos vivirlo, ha generado los mejores logros humanos de nuestra civilización. Y no nos referimos sólo a sinfonías o catedrales, sino al progreso ético y moral.
El verdadero «opio del pueblo y para el pueblo» es el socialismo-laicismo radical, detritus posmoderno del materialismo ateo marxista. La trágica alienación y el descarado dominio sobre el pueblo del que acusan a la religión es, vean la paradoja, mucho más fácil cuando no hay religión, cuando se aparta a Dios, cuando no hay ninguna referencia moral universal y los únicos patrones de conducta son el relativismo intelectual y moral, el positivismo jurídico o «ley a la carta», el hedonismo práctico y las ideologías o «religiones laicas» impuestas por los Estados gobernados por la prole ideológica de Karl Marx. Entre otras cosas, esos neototalitarios travestidos de progresismo, dictan cada temporada desde su pasarela las ideas que van a estar «de moda» y las que van a ser relegadas a la «caverna».
Nosotros afirmamos lo contrario, que los marxistas: el ateísmo, el agnosticismo, el antiteísmo, el laicismo, son el opio del pueblo y para el pueblo. Si no hay Dios, ni Vida Eterna, ni principios morales universales donde apoyar las leyes, ni responsabilidad escatológica, de nuestros actos, ¿para qué hacer el bien? ¿Qué es el bien? ¿Qué está bien y qué está mal? ¡Yo lo decido! Como tan tristemente dicen muchos jóvenes: menos «comidas de tarro» y a «vivir a tope». A disfrutar del placer que se ponga a tiro, luego al hoyo y «que me quiten lo bailao». Triste filosofía de la vida, con criterios éticos precocinados y dictados por un Estado neototalitario que impone su ideología, su «religión de Estado», un nuevo «opio del pueblo», laicista y antiteo basado en el hedonismo y bien surtido por el consumismo.