Colaboraciones

 

La tentación (y XII)

 

22 febrero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

El mal. ¿Cuál es la fuente del mal? La respuesta para unos es simple: la fuente del mal es el demonio. Para otros la respuesta se centra en el ser humano mismo: somos por naturaleza malos. ¿Es nuestra carne la que nos hace pecar? Profundizando un poco, sería un error pensar que nuestro cuerpo, nuestra naturaleza, la misma en la que el Hijo de Dios se encarnó, es mala. No podría ser así. Tomas Spidlik nos dice: «(…) sería incorrecto pensar que nuestro cuerpo, la parte material de nuestra persona, es mala. El cuerpo de Cristo es Santo y estamos llamados a santificar nuestro cuerpo en unión con Él».

Es el pecado que cometemos bajo libre consentimiento, el que trae el mal al mundo. La realidad de la fuente del mal en sí, es aún un misterio. Muchas veces la tentación proviene del demonio y otras veces somos simplemente nosotros los que elegimos libremente apartarnos de Dios.

Lo cierto es que el pecado no lo comete nadie más que uno mismo, está relacionado directamente con el uso de la libertad. Lo interesante es que, así como somos capaces de caer en el pecado, tenemos también las herramientas para liberarnos de él. Pero para liberarnos de algo primero necesitamos saber que estamos atrapados y de qué forma nos atraparon. Y esto muchas veces no es tan obvio.

«Cada uno de nosotros posee un paraíso, es el corazón creado por Dios en un estado de paz. Y cada uno de nosotros vive la experiencia de la serpiente que penetra en nuestro corazón y nos seduce» (Tomas Spidlik).

Para responder a esto es necesario analizar la historia del primer pecado: el de Adán y Eva. La serpiente entra en el paraíso y con sus juegos, mentiras y seducciones convence a Eva. La serpiente conocía a Eva, de la misma manera, el demonio, muy astuto, nos conoce. Sabe cómo pensamos y cuáles son nuestras debilidades. Nosotros también tenemos que conocerlas.

Nuestro corazón es un paraíso y así como la serpiente entra en el paraíso sin que Adán y Eva se dieran cuenta, de la misma forma entra en nuestro corazón.

La puerta de entrada al pecado es un simple pensamiento. Esto no significa que todos nuestros pensamientos nos lleven al pecado, pero por ahí empieza.

En esta etapa no hay pecado alguno. Solo existen pensamientos que pueden ser más o menos insistentes. Son como moscas que nos molestan cada vez más. Estos no son pecado en sí, si logramos ignorarlos se van. Frecuentemente ocurre que no los ignoramos y cada vez se hacen más insistentes.

Entrar en diálogo con la tentación es peligroso. ¡Cuántas veces entramos en conversación con la tentación!, ¡cuánto tiempo y energía gastamos dándole espacio en nuestras vidas!

«Un pensamiento que, luego de una larga conversación, se ha acomodado en el corazón, no se dejará apartar fácilmente» (Tomas Spidlik).

Eva sabe lo que no debe hacer y, aun sabiéndolo, lo hace. La lucha consiste en resistirse a cometer ese mal. Libremente podemos decidir no hacer las cosas que incluso deseamos. Pero lastimosamente en este caso, Eva se deja convencer con la idea de la serpiente, ella quiere ser como Dios. Aun sabiendo que Dios no lo quiere, prueba del árbol. En esta etapa el pecado es cometido. La batalla se perdió. Libremente escogemos obrar el mal que aborrecemos y perdemos el paraíso.

«Todo aquel que sucumbe al mal frecuentemente va debilitando su carácter. A causa de esto nace una constante inclinación al mal que puede crecer a tal punto que es muy difícil de resistir» (Tomas Spidlik).

Eva sucumbe al deseo de querer probar del árbol prohibido y se vuelve esclava de su decisión. Ella ha perdido el paraíso por no poder dejar de probar ese fruto que tanto la atrae. Esa es la etapa final y más trágica. De la misma manera nosotros caemos una y otra vez, a tal punto que levantarse se va haciendo más difícil cada caída.

El pecado de Eva no quedó solo en ella. Eva le da de probar a Adán del fruto prohibido. La misma dinámica que sucedió entre Eva y la serpiente se repite con Adán, y este cae. Así como Eva no pecó sola, nosotros no pecamos solos. Por más pequeño que pueda ser nuestro pecado, siempre tiene consecuencias en los demás. El mal se comunica y trae más mal.

Después de comer el fruto, Adán y Eva se dan cuenta de que están desnudos y sienten vergüenza. Esta vergüenza refleja la pérdida de la unión con Dios. El sentimiento de culpa los destruye terminando por acusarse el uno al otro. De la misma manera el pecado sigue provocando lo mismo en nosotros: después de darnos cuenta del mal que hacemos, llega la culpa que, en vez de resarcir el mal, nos conduce a seguir separándonos más de Dios si no aceptamos con humildad nuestras faltas y pedimos perdón.

Conociendo cómo el pecado opera en nuestra vida podemos darle una buena batalla. Es fundamental tomar conciencia de nuestros actos. El examen de conciencia no es simplemente ponernos a pensar en lo que hemos hecho mal durante el día, sino reconocer la manera en que pensamos y cómo esos pensamientos nos llevan a actuar.