Colaboraciones

 

La tentación (II)

 

11 febrero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Las actitudes del cristiano en su lucha contra el pecado están igualmente bien definidas. Ante todo:

–La confianza en la gracia de Cristo Salvador: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4, 13). «Tengo siempre presente al Señor; con Él a mi derecha no vacilaré» (Sal 15, 8). «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo» (22, 4). Fuera toda ansiedad, pues Cristo nos asiste y nos guarda con su gracia.

San Agustín: «El diablo está encadenado para que no haga todo el mal que puede, todo el que fuera su deseo hacer. Se le permite tentar solamente en la medida en que pueda servir para nuestro aprovechamiento» (In Psalmos 63, 1). Luchamos con toda confianza y con:

–La humildad, pues Dios «resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» (Sant 4, 6; 1 Pe 5, 5). Nadie se fíe de su propia fuerza, y «el que cree estar de pie, mire no caiga» (1 Cor 10, 12). A veces Dios permite que un defecto —el mal genio, por ejemplo— humille a un cristiano mucho tiempo, por más que haga para superarlo. Solo cuando el cristiano, humillado, reconoce su impotencia, llega a la perfecta humildad, y es entonces cuando Dios le da su gracia para superar ese pecado con toda facilidad. Ya no hay peligro de que el cristiano considere no como un don esa gracia, sino como fruto de sus propias fuerzas.

Los soberbios se exponen, sin causa, a ocasiones próximas de pecado, y caen en él: «El que ama el peligro caerá en él» (Eclo 3, 27). Para excusar su pecado hipócritamente se reconocen débiles («es que no puedo evitarlo», «con ese ambiente es imposible»); pero en cambio para adentrarse en la situación pecaminosa se creen fuertes («todo es puro para los puros», Tit 1, 15; «a mí esas cosas no me hacen daño»). ¿En qué quedamos?… Algunos, incluso, parecen sentirse autorizados por su propia vocación secular para someterse a una cierta tentación en la que con frecuencia sucumben («todos van, yo no quiero ser raro, no tengo vocación de monje»). Es como si se creyeran autorizados para pecar. En el fondo de todo esto, obviamente, está «el padre de la mentira» (Jn 8, 44).

Las armas principales del cristiano en la lucha contra la tentación son aquellas que le hacen participar de la fuerza de Cristo Salvador. Hemos de vencer las tentaciones con las mismas armas que empleó Jesús al sufrirlas y vencerlas en el desierto (Mt 4, 1-11). La oración, el ayuno (Mc 9, 29) y la Palabra divina, nos harán poderosos como Él para confundir y ahuyentar al demonio, que como león rugiente busca a quién devorar (1 Pe 5, 8-9). «Vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26, 41).

«Reforzaos en el Señor y en el vigor de su fuerza. Revestíos la armadura de Dios para que podáis resistir a las acechanzas del diablo: pues vuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que hay en los espacios cósmicos. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo y manteneros en pie después de haber superado todas las pruebas. Estad, pues, alerta, ceñida la cintura con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia, y con los pies calzados de celo para anunciar el evangelio de la paz; embrazando en todo momento el escudo de la fe, con que podáis hacer inútiles las flechas incendiarias del Maligno. Tomad el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios, con toda oración y súplica, rezando en toda ocasión con el Espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (Ef 6, 10-18).

Muy equivocados van quienes pretenden vencer la tentación apoyándose sobre todo en medios naturales —técnicas de respiración, concentración y relajación, regímenes dietéticos, dinámicas de grupo, métodos y posturas corporales, etc.—. Todo eso puede tener una cierta eficacia benéfica. Pero quienes ahí quieren hacer fuerza parecen olvidar que «el pecado mora en nosotros», que «no hay en nosotros, esto es, en nuestra carne, cosa buena» (Rm 7, 17-18), y, sobre todo, que no es tanta nuestra lucha contra la carne, sino contra los espíritus del mal (Ef 6, 12). Son como niños que salieran a enfrentar la artillería enemiga armados con un tirachinas. Por el contrario, los cristianos, «aunque vivi­mos ciertamente en la carne, no combatimos según la carne; porque las armas de nuestra lucha no son carnales, sino poderosas por Dios para derribar fortalezas» (2 Cor 10, 3-4).

Las tácticas convenientes para vencer las tentaciones también nos han sido reveladas:

-La tentación hay que combatirla desde el principio, desde que se insinúa. Hay que apagar la chispa del fuego inmediatamente, antes de que haga un incendio. Hay que aplastar la cabeza de la serpiente tentadora en cuanto asoma, al punto, sin entrar en diálogo, sin darle ninguna opción.

-Debe ser vencida por las buenas o por las malas. Si puede vencerse por las buenas, bendito sea Dios: «Si tu ojo es puro, tu cuerpo entero estará iluminado» (Mt 6, 22). Y si han de vencerse por las malas, Dios sea bendito: «Si tu ojo te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti» (5, 29). Pero si por principio se excluyen ciertas medidas radicales que a veces son necesarias —cambiar de domicilio, dejar de ver a alguien, renunciar a un ascenso—, estamos perdidos: el diablo nos vence.

-No hemos de dramatizar los despojamientos que fueran precisos para vencer la tentación, ya que, si la renuncia que sea nos guarda más unidos a Dios, fuente de todo bien, siempre serán una nada.

San Agustín: «Me retenían unas bagatelas de bagatelas y vanidades de vanidades, antiguas amigas mías; y me tiraban del vestido de la carne, y me decían por lo bajo: “¿nos dejas?”, y “¿desde este momento no estaremos contigo por siempre jamás?”, y “¿desde ahora nunca más te será lícito esto y aquello?”; “¿qué, piensas tú que podrás vivir sin estas cosas?”» (Confesiones VIII, 11, 26). San Juan de la Cruz: «Todas las criaturas en este sentido nada son, y las aficiones de ellas menos que nada podemos decir que son, pues son impedimento y privación de la transfor­mación en Dios» (1 Subida 4, 3).

-Manifestar al director espiritual los propios combates, ya desde antiguo, sobre todo en medios monásticos, se conoció que era un medio especialmente humilde y eficaz para vencer la tentación y el pecado al que nos lleva.

Hablando de los antiguos monjes, decía Casiano (+435): «Se enseña a los principiantes a no esconder, por falsa vergüenza, ninguno de los pensamientos que les roen el corazón, sino a manifestarlos al anciano [maestro espiritual] desde su mismo nacimiento; y, para juzgar esos pensamientos, se les enseña a no fiarse de su propia opinión personal, sino a creer malo o bueno lo que el anciano, después de examinarlo, declarare como tal. De este modo el astuto enemigo ya no puede embaucar al principiante aprovechándose de su inexperiencia e ignorancia» (Instituta 4, 9).