Tribunas

Y apareció el quinto

 

 

Ernesto Juliá


Bautizo de un bebé.

 

 

 

 

 

La más pequeña de la familia había hecho la Primera Comunión apenas unas semanas atrás. El mayor, recién casado, estaba en el extranjero ampliando estudios de oncología. El segundo había decidido no continuar los estudios de ingeniería, y se había lanzado a probar fortuna en el mercado de arte alemán y francés: la venta de dos cuadros en una exposición colectiva con pintores jóvenes, le había dado alas a su espíritu, y una renovada confianza en sí mismo. La tercera cursaba sin problemas el primer año de universidad.

El padre de familia, ya estrenando sus sesenta y cuatro -se había casado algo tarde, después de pensarlo mucho-, estaba ultimando los preparativos para una buena jubilación. Dirigente de empresa, y tras haber abierto paso a generaciones de directivos más jóvenes, gozaba de la alegría de ensayar otros cauces para vivir la novedad de cada día: lecturas, conversaciones, ayuda a un hospital de ancianos.

El plan de la familia parecía definitivamente establecido, salvas lógicamente las imprevistas situaciones que se pudieran presentar en cualquier momento, que los avatares del vivir no son todos predecibles, ni mucho menos.

En más de una conversación al recogerse de la noche, saboreando la placentera serenidad de un atardecer prolongado, padre y madre habían ponderado con gozo los sacrificios, grandes y pequeños, que había comportado el nacimiento, la educación y el crecer de los hijos. Todo había valido ciertamente la pena. Los apuros y estrecheces pasadas vividas en tantas ocasiones con angustias, se veían ahora con nueva perspectiva y con inusitada paz. Y era razonable, y muy de agradecer a Dios, al contemplar hecho ya "la recompensa mejor", lo que un día fue solamente la esperanza de "el trigo del mañana".

Los periodos de embarazo no habían sido particularmente difíciles. El primero llegó enseguida, contra todo pronóstico; los demás se habían sucedido, de forma natural y espontánea, en espacios de cinco y seis años. Para llevar a término el primero, la madre tuvo que guardar reposo absoluto durante tres meses. En el segundo el descanso se redujo a un mes y, en los otros dos, no se hizo necesario tomar ninguna medida extraordinaria.

Para compensar la tranquilidad, entre el segundo y el tercero, el padre estuvo a punto de arruinarse; y poco antes de aparecer el cuarto, la madre pasó por un momento difícil de agotamiento, después de un aparatoso accidente de automóvil que le costó la fractura del fémur, unas costillas rotas y el magullamiento general del pie derecho, además del susto que requirió algunos meses hasta ser curada del todo.­

En una conversación con amigas, la madre tuvo instantes de debilidad, y no ahorró palabras duras para manifestar su enfado ante la "irresponsabilidad" de las mujeres que traían hijos al mundo sin estar en condiciones de cuidarlos bien, y de atender en las debidas condiciones a todas las necesidades que un pequeño comporta.

Pocos días después, y cuando todo hacía suponer que el flujo de vida estuviese próximo a interrumpirse para siempre, se descubrió embarazada de su quinto hijo. Guardó la noticia para sus adentros, en espera de encontrarse de frente con el mejor momento para sacarla a la luz.

En esa soledad, estuvo a punto de verse sumida en una depresión: todos los proyectos del inmediato futuro se le vinieron abajo; ya no se encontraba con edad para afrontar el reto, y la angustia de que pudieran faltarle las fuerzas para llevar a término la gestación le producía temblores en el cuerpo y en el alma.

Su cabeza se llenó de las más variadas ocurrencias: su hijo nacería enclenque, raquítico y hasta un poco deforme, vista las carencias de su organismo, y ella no podría soportar la pena de verlo así. Y se enfadaba con Dios, porque le había mandado "aquello" a ella, y no atendía las súplicas de una amiga que llevaba anhelando un hijo desde hacía ya veinticinco años, sin conseguir nada.

Al comunicárselo a su marido, se produjo el primer choque. Precisamente cuando ese egoísmo de los sesenta estaba echando demasiadas raíces en su espíritu, esta aventura de una nueva vida arrojaba por la borda, y de sopetón, sus planes de descanso, de tranquilidad. Él ya no estaba para oír llorar a una criatura, y mucho menos para ver interrumpido su sueño, ya bastante ligero, por los imprevis­tos horarios del dormir de un recién nacido.

Daba la impresión de que la nueva criatura no tenía un lugar preciso en ningún plan familiar. El latir de su corazón parecía estar en solitaria armonía con la Providencia divina, que lo había puesto a andar.

Padre y madre tardaron todavía algún tiempo en hacerse completamente a la idea; y mucho más, en comunicarlo a las amistades: una cierta vergüenza, más que pudor, lo envolvía todo. Llegaron incluso a pensar en que la madre se marchase a alguna región algo lejana, diera allí tranquilamente a luz, y regresase a su ciudad anunciando la adopción de una criatura abandonada en la puerta de una iglesia, para hacer más melodramática y compasiva la situación. Después de pensarlo cinco veces, decidieron correr con todos los riesgos, y dieron la noticia a todos, con serenidad y una buena dosis de nerviosismo.

Entre críticas y alabanzas, en medio de sorpresas, sospechas y manifestaciones de disgusto y de acogida, nació el quinto hijo. Al verlo, el padre se repitió no sé cuántas veces eso de que "no hay quinto malo"; la frente de la criatura le recordó a su padre, los ojos a su madre, y no siguió haciendo consideraciones porque se sentía enternecer por segundos.

El sacerdote que iba a celebrar el bautizo todavía recuerda la mirada de la madre, cuando le sugirió que no fuera a la iglesia, y se quedase en casa, porque estaba todavía débil y le podían faltar las fuerzas para sostener al pequeño.

Los primeros llantos y sonrisas de la criatura asentaron, definitivamente, la paz en la familia.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com